Perú: La paradoja de la lucha libre

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07-07-2008
La WWE estuvo de gira en Latinoamérica y por primera vez visitaron Perú. Este viaje les dejó las mejores impresiones tanto de aceptación oomo económicas. Es una gran incógnita cómo el país donde más dinero se recaudó también sea el país cuya lucha libre nacional casi no existe. Perú y México compartieron el ring por

La WWE estuvo de gira en Latinoamérica y por primera vez visitaron Perú. Este viaje les dejó las mejores impresiones tanto de aceptación oomo económicas. Es una gran incógnita cómo el país donde más dinero se recaudó también sea el país cuya lucha libre nacional casi no existe. Perú y México compartieron el ring por los años 70 con un nivel siempre bueno; México llegó a ser la mejor del mundo, pero Perú casi desaparece del mapa.

Un historiador de la Universidad Católica, Miguel Celis, fan del Wrestling y miembro del club La Raza, intentó responder qué pasó con la lucha libre peruana y esto fue lo que encontró.

Hablar de lucha libre en el Perú es remontarnos a la década de los 70

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, una época movida que vio aumentar las migraciones hacia Lima, los cambios sociales y un golpe militar que duraría muchos años y que conllevaría a muchas transformaciones políticas. Pero fue también durante esa época que la lucha libre, o cachascán (del inglés “catch as can”) vivió su momento dorado, su mejor época.

La lucha libre en Perú tuvo un origen muy cercano al de México. Durante los años 60, llegan desde ese hermano país las primeras noticias del deporte y de toda la parafernalia que lo acompañaban, tales como la historia detrás de los luchadores, las rivalidades, las luchas por un título y las infaltables apuestas por las máscaras y/o cabelleras. Al igual que sus homólogos de México y de Argentina, la lucha peruana empezó a mostrar sus héroes y sus villanos.

Personajes como el infame Dandy, Loco Cardenal, La Momia, El Vikingo, Atila y Súper Cholo encarnaban ese lado rebelde y tramposo de los chicos malos que ejecutaban movimientos ilegales o que se valían de armas (la más conocida era la manopla) que escondían entre sus coloridas mallas y que les hacían llevarse la victoria cuando parecían estar perdidos.

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Por el lado de los buenos estaban Sandokán, Huracán Sánchez, Súper Demon, El Zorro Pepe Pantera o Robin Hood, aquellos que buscaban demostrar que podían llevarse una lucha solo con su habilidad.

Cada sábado los fanáticos peruanos deliraban de emoción con este tipo de luchas en las que veían a los chicos técnicos luchando no sólo contra su rival de turno. Durante casi una década estos gladiadores peruanos hicieron delirar al público que los acompañaba incondicionalmente en el Coliseo Amauta o en el Manco Cápac del distrito de La Victoria.

Por el país incaico desfilaron luchadores Bolivianos, Argentinos, Mexicanos (los más recordados fueron Ray Jaguar, Charro Azteca y Gladiador) luchando por máscaras, cabellos o barbas, lo importante era tener algo significativo del oponente. Y teníamos nuestro Campeón Nacional cuyo cinturón fue defendido con mucho orgullo en innumerables luchas siendo “Rayo de Oro” el nombre del último de esta casta.

Después de él las luces de los reflectores se apagaron y no pudimos ver más en acción a luchadores peruanos. Mientras que

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en México la lucha se cimentó como algo que es ya parte de la cultura de ese país en Perú, donde parecía que iba a ocurrir lo mismo, no fue así.

He buscado muchas veces la respuesta a ello tratando de obtener información (escasa) sobre lo que aconteció, pero todo apunta a que simplemente un día, la gente no quiso ver la lucha.

Los 80 nos devolvieron la democracia, pero llevó al creciente nacimiento del terrorismo y los estragos sociales que existieron. La dictadura militar había sumido gradualmente al Perú en una crisis social y económica ya que las inversiones se retiraban. La filosofía de la autarquía ahogó el futuro del país en varios campos, luego vino lo peor.

Surgieron grupos violentos que usaban el terror para tomar el poder. Atentados, raptos, toques de queda. Salir ya no era seguro, reunirse en grupo tampoco, tal vez fue esa una de las muchas causas que existieron para que la lucha peruana tuviera ese gran bajón. Esto solo cerró la década de la decadencia, tras la muerte del promotor Max Aguirre a inicios de los 80, nadie más apostó por la lucha libre.

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A inicios de los 90 la paz se recuperó, el costo fue demasiado alto: la libertad de expresión del Perú. Tras una década de “pacificación” forzada finalmente se podía respirar prosperidad y esperanza. Justo, a fines de los 90, un canal local se animó a traer los programas de una de las empresas norteamericanas, la WCW. Se pudo ver que el amor por la lucha seguía vivo gracias a este fenómeno.

Ese fue mi primer contacto con la lucha peruana, cuando hablaba de Hulk Hogan o Sting con mis tíos y estos me decían que recordaban la época de Sandokán, El Hermoso, Mustafá o el Vikingo, de Aquaman con su formidable “Parihuela” (su movida final, y también un plato típico de la cocina de pescados y mariscos de Perú) o la Avioneta del Dandy.

Tanto fue el éxito de Monday Nitro que una empresa independiente de USA llegó a realizar eventos en el país, pero, tras la muerte escandalosa por sobredosis de uno de ellos, los medios terminaron por sepultar al wrestling y se dejó de transmitir nuevamente.

La historia continua cuando

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WWE comenzó a trasmitirse otra vez en señal abierta, hasta ese momento la única forma de acceder a la lucha era a través de vídeos traídos desde USA y proyecciones de los eventos PPV; poco a poco se retomó el interés del público y se fue masificando su consumo.

Hasta hace un par de años, parecía que algo era evidente: no se podía revivir la lucha de los años 70 por la sencilla razón de que esa época ya había pasado y en ese intervalo de tiempo el deporte había evolucionado.

Comentarios finales:

Hace un tiempo una pequeña escuela de lucha, Nueva Generación, abrió sus puertas. Entrenando no en las mejores condiciones, pero sí con la mayor predisposición y ganas, lograron montar sus primeros shows, siendo incluso a beneficio para ayudar a gente de menores recursos; siempre buscando reencontrar una identidad que no debió interrumpirse.

El artífice de mantener con vida la lucha fue el maestro Sandokán quien fundó esta escuela.

Más adelante saldría la, aun joven, empresa Pro Wrestling Perú tratando de sacar shows cada vez más seguidos. Hasta aquí llegamos sólo a la mitad de la historia ya que depende de estos talentos difundir y exponenciar la lucha libre peruana.

El pináculo fue la llegada de WWE este 3 de Julio de 2008. Más de 15,000 personas se reunieron bajo el cielo limeño a disfrutar de RAW.

La recuperación de este arte, de esta pasión, es un trabajo difícil cuando los mismos medios de comunicación no parece interesarles (poco les interesó WWE). Pero los fans están avanzado de a pocos. Siempre hemos estado y estaremos aquí, todos juntos responderemos positivamente aquella pregunta.

Y la Lucha Libre Peruana volverá a brillar.

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