* La siguiente es una abreviación de la nota realizada por la revista Rolling Stone en el mes de abril de 2015. Para leer la misma en su formato original, haz click aquí.

Ronda Rousey lloró tras Royal Rumble: “WWE es mi vida ahora”

Ronda Rousey es una furia luchadora de hombros anchos y ojos malvados, capaz de lanzar unos derechazos descendentes venenosos, codazos varios, golpes secos a la cabeza, y un gran abanico de movimientos de judo, montadas y barridas. Sin contar, por supuesto, su característico golpe mortal para terminar la pelea: la palanca de brazo o armbar.

Tampoco es que el mundo haya tenido la chance de ver todo este caos. Sus peleas -tres de nivel amateur, once profesionales, no perdió ninguna- tienden a terminar en menos de 60 segundos. Con 28 años (y apenas en los últimos cuatro), se ha convertido en la luchadora más importante de las artes marciales mixtas en la historia del deporte, y de hecho hace poco fue reconocida como ‘el atleta vivo más dominante’, superando a LeBron y Mayweather. En el mundo de la pelea, nunca ha habido nadie como ella. «Es la mejor atleta con la que trabajé en mi vida», dice el Presidente de UFC, Dana White. «Con ella, es como en la época de Tyson, que era como: ¿Cuán rápido va a destruir al otro, y de qué manera? Ronda es única».

Tiene que entrenar. Le encanta entrenar, no quiere dejar de entrenar nunca. Además, mientras que hace cinco años, después de tomar un descanso de su antigua carrera como judoka olímpica (ganó una medalla de bronce), era una camarera que tomaba alcohol a mansalva y fumaba marihuana, tan necesitada de dinero que vivió durante un tiempo en su Honda Accord barato, ahora sus días están plagados de obligaciones típicas de las celebridades: entrevistas, sesiones de fotos y varios llamados de la gente del cine.

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Ronda fue reconocida como ‘el atleta vivo más dominante’, superando a LeBron y Mayweather. «Es la mejor atleta con la que trabajé en mi vida», dice Dana White.

«Mira, por alguna razón, siento como que es una victoria si me despierto un minuto antes de la alarma. Es como si estuviera en una competencia conmigo misma, con mi pie pateando hasta que despierta al resto del cuerpo. Es muy estúpido. Pero me hace sentir como que ya gané algo», le dice al reportero de visita. Así que de esta manera es cómo vive, todo el día, todos los días, 24 horas por día. Trata ganar, del modo que pueda.

«Es bella, inteligente y muy pro-mujeres, lo cual respeto», dice White. «Y es psicóticamente competitiva». Lo cual es cierto. Pongamos como ejemplo la gira para presentar su nueva autobiografía, My Fight/Your Fight. No tenía nada de ganas de hacerla, hasta que leyó un informe sobre la alocada gira de presentación del libro de Kim Kardashian, y de repente cambió de opinión: «Yo pensé: ‘¡Ni loca! ¡La mía tiene que ser la mejor gira de la historia! Kim Kardashian, ¡le voy a ganar a tu gira!'».

En esto, como en todo, no va a fallar, y no puede fallar porque es una ganadora. Es una lógica irrefutable que le fue inculcada primero por su mamá, AnnMaria De Mars, una antigua campeona de judo que, si veía a su hija adolescente relajarse en la cama, le saltaba encima e intentaba hacerle un armbar. El mensaje era: nunca bajes la guardia. Todas estas cosas convirtieron a Rousey en el paquete completo que es, y que convenció a White y a UFC de que las mujeres en una pelea podían hacer más que desfilar mostrando los carteles con los números de los rounds.

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Ronda Rousey finiquita en 14 segundos a Cat Zingano con un armbar.

A fines de 2012, se anunció la creación de una división femenina, instalando a Rousey como su campeona de peso gallo. Su historial ahora es 9-0 (antes de ella, la empresa ni siquiera tenía una división femenil. La mera idea de dos chicas dándose golpes incomodaba a White. «No quiero a ver a dos mujeres pegándose», le dijo a la Time en 2007. Ronda peleó en Strikeforce en 2011, donde gestó un récord de 4-0). Hace poco se la agarró con Cat Zingano, una pelea que terminó con un armbar a los 14 segundos, volviéndose la pelea por un título más rápida de la historia de UFC. Rousey supuestamente recibió 130.000 dólares por la victoria, luego de la cual renegoció su contrato por una cifra no declarada, pero presumiblemente mucho más grande, más acorde a su nuevo rol como la estrella más importante de UFC.

«Soy una chica, ¡quiero verme linda! Pero en una noche que hay pelea, ¿a quién le importa verse linda?». En cuanto al maquillaje, hay una cantidad de razones por las que ella no lo usa. Primero, su mamá nunca lo usó, y hasta hace poco, cuando empezaron sus apariciones en los medios, pensaba que era algo estúpido. Además, asegura, «no siento la necesidad de ser la mujer que está buena a cada segundo de su vida». Y finalmente, dice: «Me gusta ser capaz de sorprender a la gente cuando me enciendo. Quiero ser como la película Ella es, cuando a ella le sacan el velo. O sea, si estás intentándolo todo el tiempo, nada se devela: el velo se cayó, y lo que hay es lo que eres. Yo todavía quiero el velo». Hace una pausa y prosigue: «Y, ¿sabes qué? Cuando eres difícil de entender es más fácil ser interesante.»

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Cómo fue que se volvió así, no lo sabe, pero quizá tenga que ver con las circunstancias de su nacimiento y su infancia. Durante sus primeros seis años, nadie sabía si alguna vez iba a poder decir una frase inteligible, debido a los efectos de haber nacido con el cordón umbilical envolviéndole el cuello. Nadie sabía, y sus padres -Ron, un ejecutivo de la industria aeroespacial, y De Mars, una psicóloga de la educación y estadista-, se mudaron cuando ella tenía 3 años, en parte para estar cerca de los fonoadiólogos de la Minot State University, quienes comenzaron a trabajar para recuperar sus cuerdas vocales. No fue fácil, y llevó su tiempo. Y fue especialmente frustrante para Ronda, debido a lo avanzadas que eran sus hermanas.

«Soy tonta, mamá», dijo una vez. «María y Jennifer tienen palabras. Yo no tengo palabras.» «No, no eres tonta, eres muy inteligente», le dijo su madre. Lo cual, más tarde en la escuela secundaria, probó que era cierto, especialmente en áreas de estudio no verbales, como matemática, ciencia y arte, en las que se destacó.

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Retrato de la familia Rousey. Su padre, Ron, se suicidó antes de forzar a su familia a que atravesara lo que los doctores le dijeron que sería un empeoramiento doloroso e inevitable.

Era una niña de papá. Le encantaba pescar con su padre y aprendió a cazar en su falda. Cuando Ronda tenía 4, sin embargo, su papá se rompió la espalda en un accidente con un trineo, que se complicó por un extraño desorden sanguíneo que impedía que sanaran sus heridas. Cuatro años después, se suicidó antes de forzar a su familia a que atravesara lo que los doctores le dijeron que sería un empeoramiento doloroso e inevitable. «No estaba más», dice Rousey, «y de a poco nos acostumbramos. El atletismo era lo que yo tenía, sí, y, eh, sigo haciéndolo».

La familia regresó a California, donde De Mars tenía tres trabajos para sostener a sus hijas, que ahora incluían a una más, Julia. Todas las chicas tenían que darle una chance al judo -en 1984, De Mars fue la primera estadounidense en ganar el mundial de judo, así que tenía expectativas-, pero Ronda fue la única que siguió haciéndolo. Y lo hizo de manera monomaníaca. En la escuela, no fue a ninguna fiesta o baile y nunca tuvo una cita. Todo lo que hacía en su tiempo libre era entrenar.

A los 16 años tenía tanta fuerza que los otros chicos la llamaban Savage o Miss Man. La agarraban de los brazos y gritaban «muestra tu fuerza»: era tan humillante que empezó a usar buzos de manga larga todo el año. «Treinta grados afuera y no me lo sacaba», dice. «No permitía que nadie me viera los brazos». Aun hoy, cuando la mayoría de las luchadoras muestran los músculos en los pesajes, ella rara vez lo hace, y en su lugar mantenía los brazos a un costado, o detrás de la espalda.

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Una pequeña Ronda Rousey gana competencia de judo a temprana edad.

Sus oídos también eran un problema. Se le ponían hinchados y pulposos después de cada combate; una vez tuvieron que abrirle uno y drenárselo. Ronda sólo quería irse a casa, pero su madre -que era tan exigente con Ronda como Ronda consigo misma- la hizo entrenar igual, y la oreja drenada sangraba por todos lados, y le quedó permanentemente deformada, una fuente más de vergüenza en la escuela.

Pero por otro lado, esos brazos tenían varios usos. Cuando tenía 14 años, su amiga Jackie se acercaba a delincuentes de la zona y les decía: «Te apuesto 10 dólares a que mi amiga te gana en una pelea». Después todos se iban al parque, donde Ronda agarraba al pobre hombre del cuello, o le hacía un armbar, le sacaba el dinero, lo dividía con su amiga y se iban a comprar un par de Frappuccinos.

Dejó la universidad mientras cursaba segundo año para concentrarse en el judo. Un día, su madre la sentó a conversar. Se acercaban las pruebas para las Olimpiadas. «Si no quieres ir a las Olimpiadas», le dijo su mamá, «no tengo ningún problema en decirles a todos que se vayan a la m***». «No, esto es lo que quiero hacer», dijo Ronda convencida. «Ok», le respondió su mamá, «porque si quieres estar entre las mejores del mundo, deberás romperte el trasero trabajando, y no hay otra forma». De modo que, a los 17, Ronda se convirtió en la judoka más joven clasificarse para las Olimpiadas de 2004, en Atenas.

No fue una experiencia placentera. Por empezar, se puso bulímica tratando de mantenerse en su peso. Tampoco tenía permitido exhibir ningún tipo de sentimiento o frustración. En esa época todavía no había perfeccionado su talento para provocar verbalmente. Su mamá, en su época de competencias, solía empujar a sus rivales y decirles cosas como «p***, hoy te romperé el brazo». Pero eso era antes de que el judo femenino entrara en las Olimpiadas, donde ese modo de hablar no está permitido. Ronda tenía que reprimirse y darle para adelante. O llorar, cosa que hacía bastante seguido.

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A los 17 años se convirtió en la judoka más joven en participar de las Olimpiadas.

De hecho, cada vez que cometía el error más pequeño, o se acercaba a perder una pelea, o a veces incluso cuando ganaba una pelea, rompía en llanto, una reacción incómoda pero incontrolable que nunca se le fue realmente. Solía humillarla, pero la ha aceptado como una de esas cosas que le quedaron de sus primeros años, en los que no hablaba, cuando, según dice: «Llorar era la única forma que tenía de decirle a la gente que estaba mal». Pero no importara lo que pasara, ella siempre se negó a entregarse en una pelea, incluso si esto implicaba que le rompieran el codo. «Cada vez que alguien me hacía un armbar, yo pensaba: ‘Bueno, supongo que se me va a salir’. Sí. Nunca abandoné en judo.»

Cuatro años después de Atenas vino su gran victoria en los Juegos Olímpicos de Beijing. Pero se puso triste de que sólo fuera una medalla de bronce, aunque esto la convirtiera en la primera judoka estadounidense en lograrlo. Poco después cayó en picada y abandonó el deporte. No quería pelear más. La enojó enormemente que, después de todo el trabajo duro que había hecho, la única recompensa por parte del Comité Olímpico de Estados Unidos fuera «10 mil dólares y un apretón de manos».

La segunda parte de la nota sobre la nueva Superestrella WWE será publicada en las próximas horas. Estén atentos a SÚPER LUCHAS.

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