Aceptemos, para fines de este artículo —como dice Juan Villoro—, que el mundo es un cuadrilátero, donde algunos juegan el papel de villanos, otros de víctimas, y muy pocos, de héroes. Unos son rudos y otros técnicos. Unos usan máscara y otros se valen de su rostro como máscara. Las capas y las lentejuelas son cosa de privilegiados. En esencia, nuestra educación sentimental nos ha hecho creer que todos somos luchadores (a nuestra manera). Cada quién hace lo mejor que puede, pues nuestra vocación se sustenta en valores metafísicos más que estadísticos: los análisis demográficos han revelado que durante un minuto nacerán seis mexicanos, dos de ello(a)s serán luchadores profesionales, uno boxeador(a), y los otros tres ejercitarán sus cualidades en diferentes oficios, profesiones, pasatiempos y holgazanerías. Al terminar este texto se podrá llenar dos veces la Arena México. Para mantener este equilibrio demográfico no hace falta más que mezcal, y sin embargo, de un tiempo a la fecha las condiciones geopolíticas y económicas  son una cuestión del espíritu. Vale la pena ser mexicano gracias a Donald Trump.

Esta cuestión filosófica debe tratarse frente al espejo: si el salvaje es rubio, nosotros hemos resignificado los estereotipos de nuestra propia xenofobia: la violencia, el machismo y el oprobio son defectos que hasta ahora habíamos canalizado mal. Nuestra realidad cotidiana es convulsa, pero la catarsis existe en la medida en que tenemos un enemigo común. Lo único malo es que ese enemigo no es una persona, sino el Diablo. Hace cincuenta años, circulaba un chiste entre la sociedad mexicana, “si has visto al diablo güero es porque te vas a morir en el desierto”. Ahora ese chiste es una realidad que nos hermana de tan dolorosa.

Trump es una experiencia más que un personaje. El efecto Trumpa su vez, designa la perturbación que ha provocado incertidumbre tanto en el terreno político como en el económico, si bien en donde más estragos ha causado es en el alma nacional, si tal cosa existe. Y pensándolo bien, existe, aunque se manifieste sólo en eventos que suceden algunos días a la semana, en la lucha libre.

Un buen embajador

Para Luis Videgaray la incertidumbre es un buen empleo. Acostumbrado a analizar la economía desde ángulos inimaginables, ha llevado el entusiasmo a niveles de preocupación nacional. Políticos como él han demostrado con regocijo que, por mucho que seas malo en algo, siempre tendrás una segunda oportunidad. Al recibir la enmienda de llevar nuestras relaciones diplomáticas con Estados Unidos a puerto seguro, confesó “sólo vine a aprender”. La frase, que se convirtió inmediatamente en un lema de esperanza, propuso un discurso de autoayuda que, sin lugar a dudas, fue motivacional al mismo tiempo que indignante. La sociedad mexicana se ha esforzado por combatir sus propios defectos, por ejemplo, el que rezuma del lema “a la viva México”, que ejemplifica un carácter tan oprobioso como propositivo: hacer las cosas tan al ching***zo que podrían salir bien.

En el terreno de la diplomacia deberías confiar menos en los políticos y más en otros actores del entretenimiento nacional, sobretodo de aquellos que sí viven del ching***zo. Por supuesto no hablo de los “artistas” de la televisión, quienes al perder los privilegios mediáticos de los que gozaban en el siglo XX, están dispuestos a todo; tampoco me refiero a las nuevas estrellas llamadas influencers, youtubers, o blogueros. No, no. Se trata de los luchadores, ese oficio que en los últimos años ha cobrado más relevancia y prestigio que el alcanzado durante la mitad del siglo XX, cuando El Santo era el único capaz de salvaguardar la integridad de nuestro país, y por extensión, de la galaxia.

En el gremio de los costalazos, existe un luchador que ha alcanzado la fama gracias al interés que ha depositado en fortalecer las relaciones entre su país y el nuestro: Sam Adonis, el rubio fantástico.

El rudo de las chicas

El mundo tiene dueño, aunque los empresarios se peleen por él, pertenece a los  excéntricos; la personalidad mata, arrebata y convence. Si los tiempos posmodernos nos enseñaron que las virtudes son un complemento de la apariencia física, Sam Adonis pregona en su nombre los méritos de su estilo.

Sam es casi un gentilicio para denominar a los norteamericanos, y Adonis, el amante semestral de Afrodita y de Perséfone. Juntas éstas categorías del carisma representan a un personaje que todos los mexicanos disfrutan ver sobre el cuadrilátero. Pero el deleite no está en su cualidades luchísticas sino en sus atributos emblemáticos: todos lo aman porque es el depositario del odio. A través de su figura, el pueblo mexicano puede desquitar toda su furia contra el gringo malo, el diablo güero, Donald Trump.

Carlos Monsiváis en sus Rituales del caos dedica el siguiente análisis a la lucha libre: “un reducto popular donde se encienden y tienen cobijo pasiones inocultables; broncas en el ring donde los temperamentos superan a los vestuarios; pasión gutural y visceral por los ‘rudos’ y admiración dubitativa por los ‘científicos’…” En la lucha libre la catarsis es el fundamento de todo, y sin ésta, es decir, sin la participación del público en cada combate, los luchadores tendrían poco o nada que hacer. Cada luchador porta en su personaje los atributos que harán del público una tormenta de pasiones, odios, venganzas, amores e ilusiones.

De algún tiempo a la fecha, en las arenas de lucha libre, el ser humano ha mostrado su simpatía por los rudos. Esta simpatía, contagiada quizá por nuestra tradición telenovelesca, pone en evidencia que los rufianes son la sal y la pimienta de toda obra. En México, los villanos juegan un papel importante, son ellos quienes a través de su actitudes desbordan un odio  honesto que libera a todo aquel que pisa una arena de lucha libre. “¿Qué odio inmisericorde no anhelaría el desahogo de unas patadas voladoras?”, pregunta Monsiváis.

A las damas les gustan los rudos, y a los caballeros también. Quien se ufane de ser amante de los técnicos será acribillado por una andanada de rechiflas, porque quien le va al bando de la maldad sabe que el desahogo nunca es una perversión, y que en el mundo real, la violencia sólo puede ser canalizada sobre un ring y alrededor de él.

Una cosa es segura, “la lucha libre —afirma Monsiváis— es pantomima más eficiente que la pantomima dramática, porque, para mostrarse auténticos, los gestos del luchador no necesitan anécdotas, decorados, ni transferencia alguna”. Esto lo demuestra muy bien Sam Adonis, también conocido como el rudo de las chicas, que a sus 27 años de edad, ha llegado a México con la única convicción de convertirse en una estrella del pancracio. Y vaya que va por muy buen camino.

El nacionalismo nunca es obsoleto

El nacionalismo es una ideología que se disfraza de cultura, Hemos tenido identidad nacional en demasía, exorbitante nacionalismo, revolución desmesurada, simbolismo sobrado”. Esto lo mencionó Roger Bartra, quien se dio cuenta que sobre un cuadrilátero, y alrededor de él, la exageración no es un límite sino una frontera. El siguiente territorio es la catarsis.

Sam Adonis ha desempolvado el alma de los mexicanos. Si el espíritu nacional se pervirtió durante décadas fue porque nunca habíamos tenido un villano que evidenciara nuestra condición de héroes, y hasta ahora sólo habíamos jugado el papel de víctimas. Siempre en pugna con Estados Unidos, nunca hasta hoy esta lucha ha sido tan fructífera. Somos, en gran medida, fanáticos de esta confrontación.

El odio hacia el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica mantiene los valores más profundos del ser mexicano en un estado de alerta. El espíritu que murió con la Revolución Mexicana, ha vuelto a revivir gracias al empresario norteamericano. Octavio Paz afirmó en su libro Posdata: “el mexicano no es una esencia sino una historia”. Aunque nuestra herencia no es una red de agujeros sino una cuadrilátero, nos gusta reconocernos en la experiencia del enfrentamiento. El mexicano como nadie ha hecho del boxeo una experiencia cotidiana y de la lucha libre una forma de vida. Es en este último deporte es donde todo la experiencia de la cultura mexicana se evidencia: las arenas de lucha libre existen para que el mexicano sea puro, aunque esta pureza no sea más que una ilusión. Ahí está todo el dolor y la alegría de una condición: el ser mexicano es un estado de ánimo.

La lucha libre es el evento donde nosotros podemos estar satisfechos con nuestras virtudes y defectos. Apoyar a Donald Trump puede ser una gran oportunidad de éxito, aunque parece mentira, en la lucha libre. Esta posibilidad es una forma de vivir que rechaza las visiones reductoras o uniformes de la vida.

El hombre caliente

La exaltación patriotera es un instinto, somos animales espectadores y nuestra verdadera esencia es el alarido, la mentada de madre y el jolgorio. Una cosa es segura, afirma Juan Villoro, la felicidad es nuestra principal costumbre. Beber cerveza es sólo un actividad paralela. Los mexicano somos así y por eso la lucha libre forma parte de nuestra cultura.

La idea de una identidad se ha vuelto completamente pasada de moda, sin embargo, basta presenciar la presentación de Sam Adonis en la Arena México para dudar de tal aseveración. Lo que verdaderamente distinguirá al mexicano es su arraigado y latente sentido del patrioterismo.

Si alguna vez usted siente que ha dejado de ser mexicano, o en el caso de los extranjeros, le gustaría experimentar por primera vez que es ser mexicano, le recomiendo que visite una arena de lucha libre.

 

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