Sacudió la cabeza como reprochándose el peor error, pero ya era tarde para arrepentirse, para echar a correr. “Uno no escoge lo que es, nomás lo es y ya. Yo escogí y no escogí ser luchador: escogí que me gustara ser luchador, pero para serlo uno no decide, eso es del destino”.

Calentó un poco el cuello, girándolo de aquí para allá, en círculos. Luego como si dijera sí. Luego como si dijera no. Después los brazos y las rodillas. “Nada de esto es justo, a los muchachitos de ahora ya nada más les ponen una mascarita bonita y ya, súbanse al ring a gritar, a decirse cosas, a provocar al público. Aviéntense desde las cuerdas una y otra vez, una y otra vez; ahora ya cualquiera se cree luchador, pero ése es el error: ellos escogen, no los escogió esto como a mí”.

Caminó hacia la entrada. Estaba nervioso como cuando debutó, o como si se fuera a jugar la máscara o el campeonato. “Que antes sí eran campeonatos, no premios de belleza ni de talento de feria: cuando tuve el de los semicompletos lo defendí por toda la república, contra lo mejor de lo mejor; cuántas veces no me rompí el brazo derecho, que siempre tuve mal, y todavía así seguí luchando y gané. Cuántas veces no me bajé del autobús, sin comer y sin dormir, y así, luego luego bajando, tenía que irme para la arena, y no eran luchas de esas que ven ahora en la televisión, eran luchas de a de veras, nada de sillazos ni payasadas, puro a ras de lona, pura vieja escuela: cosa de hombres”.

Dio un paso más hacia la entrada y se colocó la máscara. “Y ora esto, peor que cuando te toca calentar lona en las preliminares; peor que andar sin chamba y sin contrato. Pero uno no decide lo que es, nomás lo es y ya”.

Se persignó luego de hacerse un nudo en la nuca con las agujetas de la máscara. “Pero qué se le va a hacer, virgencita, mi vieja necesita sus medicinas, y tenemos que comer; nadie nos respeta porque ya estamos viejos, y aparte solos: yo nomás soy luchador, tengo que luchar. Se lo prometí. Ella cree que no voy a poder porque estoy viejo, pero tú sabes, tú me cuidas”.

Entró. A su lado la gente se orillaba con gesto de sorpresa; sintió que las miradas atravesaban la máscara, justo como aquella primera vez que luchó y sintió que lo habían reconocido con todo y tapa: imaginaciones suyas, nada más. Tenía el mismo sudor, los mismos nervios y la sensación de que el mundo era una película que se espiaba a través de los agujeros en la máscara; hasta sintió un poco de nostalgia. Pero no podía distraerse: era su última oportunidad. Estaba viejo, pero claro que iba a poder. Tenía de su lado la experiencia, el haberle perdido el miedo a todo. Respiró hondo.

— ¡A ver todos, al suelo!

 

Entre cuatro esquinas, Aldo Rosales Velázquez. Fondo editorial Tierra Adentro, CONACULTA.Entre Cuatro Esquinas

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