“Qué pronto la vida se va llenando de fantasmas.” Paco Ignacio Taibo II.

Para Felipe Lara, dónde estés además de en nuestros corazones.

 

Después de un: «Ya llegamos a Tala, joven», el autobús me escupió en medio de unas calles completamente desconocidas para mí. A diferencia de otras asignaciones, a donde siempre llegué con un camarógrafo o con detalles específicos de a quién acudir o a quién buscar para tener la entrevista o el reportaje, está ocasión la misión era personal.

Trataba de encontrar las huellas de un tal Pedro Aguayo Damián.

Un tal Pedro Aguayo Damián
Un tal Pedro Aguayo Damián

Mi editor en jefe me tildó de loco: «¡Ya todo está dicho sobre ese señor!, ¡su vida, su carrera, sus logros! Olvida ese viaje”. Así que sin viáticos me encuentro frente a una iglesia rodeada de palmeras y bajo un sol abrazador. “Hasta ahora pronto que comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de modo que se fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor…” ¡Pinche Rulfo!, ¿para qué me pones a buscar fantasmas?

Camino es lo que sobra. Camino es lo que hay. Paso, uno tras otro. Calor, sudor, ropa que empieza a pegarse a mi cuerpo, como si entrenara, como si me ejercitara. Calles como las de cualquier pueblo de mi Michoacán, como las de cualquier pueblo de Jalisco. Una tras otra.

“Por ahí es.” Me dice una señora con su rebozo, mientras señala una calle más, igual que la otra, igual que las de Jiquilpan, igual que las de Patzcuaro, igual que las de Tizapán, igual que las de Comala, ¡Pinche Rulfo!

20 de Noviembre, dice la calle… ¡Carajo, aún faltan tres semanas para ese puente! Y la calle es de subida… «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene baja». ¿Otra vez tú? ¡Pinche Rulfo! Una casa de dos pisos precede otra con un patio pintoresco. Novedades Noelani y Totalmente Fashion son otros dos locales que preceden una pared amarilla larga, infinita, como el sudor que invade mi cuerpo con este pinche calor.

Otra pared, está vez rosa, da cuenta de lo que buscaba: El Gym Perro Aguayo. El portón negro abierto me invita a pasar. Sólo veo. Solo veo. No está aquí. Lo sé. Lo sabía desde antes. Pero yo quería estar aquí. Donde el hijo del hombre que busco gestó una revolución, una empresa, un concepto, que se niega a morir con él, pero que está muerto como él, aunque no lo sepa.

Ofrenda luchística: Tras las huellas de un tal Pedro Aguayo Damián 1

Salgo. Vuelvo al camino. Camino es lo que sobra. Camino es lo que hay. Pudiendo estar en otro lado, pudiendo estar en otro lugar ¿qué pensó un tal Pedro Aguayo Damián en venir a vivir aquí? Trato de calzar sus botas, trato de ponerme sus ojos: Tranquilidad. El tal Pedro que salió de Nochistlán de muy pequeño para hacerse hombre a la brava en Guadalajara, y después en la desde siempre agitada Ciudad de México. Tranquilidad. Para corretear el hambre haciéndole al todólogo, entrenando boxeo, lucha libre. Tranquilidad.

Tala es tranquilidad a los ojos del tal Pedro. No puede ser otra cosa para alguien que ha viajado tanto y que está cansado de faustosas ciudades, de luces y de noches que no terminan, de caminos que son los que sobran, que son lo que hay. Tranquilidad. “Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces… Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.” ¡Pinche Rulfo!

Ahora es la calle Hidalgo lo que hay en el camino. La Huerta de Vega me recibe para hidratarme. Para descansar mis pies andados sobre los pies del tal Pedro, de su hijo, de su legado, de los pies de tantos que estuvieron antes. Pregunto por un tal Pedro Aguayo Damián. El dueño, un tal don Leobardo me atiende, se parece mucho al anciano que está en unas fotos del local. ¿Su padre? Pregunto. “Algo así, contesta”. Me señala a un señor robusto vestido de manta y con sombrero que tiene la mirada perdida en un vaso, sentado en el equipal de la mesa en la orilla: “Ese es Rafael, él conoce por quién preguntas”.

Cerveza en mano le pedí permiso para sentarme a su lado. Asintió sin despegar su vista de su vaso. “Don Leobardo me dice que usted conoce a un tal Pedro Aguayo Damián”. Por fin el señor levantó la vista y pude ver la vista llena de huellas de acné. Y con una mirada que me veía, y que a la par parecía que veía más allá me contestó con voz ronca, un tanto áspera:

— Ese tal Pedro es un tipo muy especial. ¿Qué quieres saber de él?

Le confesé que venía de la Capital a escribir una historia, la mejor, sobre él. Que había sido mi ídolo de chamaco. Que admiraba su bravura, su tesón, su nunca rendirse. Que sabía de su vida, lo difícil que había sido para él salir adelante, y que una vez que consiguió la gloria nunca perdió el piso, como tantos, como muchos, como casi todos.

— Ese es Pedro el que yo conozco. Un caballero fuera del ring, pero el mismísimo diablo sobre él. Hace muchos años, muchos, lo confronté. Pocas veces la gente me odió tanto. Fue una batalla dantesca. Me humilló públicamente. ¿Pero puede haber humillación cuando pierdes con el mejor?

Su mirada se perdió otra vez en el vaso. No supe más que decir. Traté de identificar a Rafáel. Si bien era un rostro peculiar, no me quedaba claro por qué decía que había pasado tanto tiempo de su confrontación. Si el tal Pedro viviera tendría 73 años. Rafáel no aparentaba más de 35.

Ofrenda luchística: Tras las huellas de un tal Pedro Aguayo Damián 2
Un tal Rafáel Nuñez, Scorpio, que perdiera la cabellera en 1987 con un tal Pedro Aguayo Damián

Me despedí de Rafáel, no levantó la vista. Me despedí de don Leobardo. Y tomé camino. Porque camino es lo que hay. Camino es lo que sobra.

“Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que me perseguía no se despegaba de mí. Y es que no había aire; sólo la noche entorpecida y quieta, acalorada por la canícula… No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera.” ¡Pinche Rulfo!

«El cielo era todavía azul…»

Otra vez frente a la que ahora sé que se llama Parroquia de San Francisco. Otra vez contemplo las palmeras que son testigos. Me pregunto: “¿Qué no habrán visto esas palmeras?”, me contesto: “¡Cómo eres güey! Las palmeras no ven.” Alguien interrumpe mi intensa conversación interna:

— ¿Qué haces en Tala?

Vine sobre los pasos de un tal Pedro Aguayo Damián —Contesté rulfiánamente. ¡Pinche Rulfo! Él sonrió para sí o para mí, pues también me mira como si no estuviera ahí. Se sentó a mi lado. “Me llamo Jaime Carrillo, y conozco al tal Pedro”. No lo juzgo, pero no le creo. Es un chamaco de veintitantos años. Quizá lo haya conocido a lo lejos mientras el tal Pedro paseaba por Tala.

Sin embargo, de su cartera sacó una foto suya junto al tal Pedro. Sus ojos, que seguían viéndome pero sin verme, también veían y no la foto. Como si pudiera ver a través de ella. Como si pudiera ver a través de todo. “Guárdala” me dijo al entregarme su joya y seguir caminando junto al atrio de Tala.

Me quedé viendo la foto. Era extraño. Claro que en la foto aparecía el mismo hombre con el que acababa de platicar, pero él aparecía como si hubiera sido ayer, y el tal Pedro en la imagen debía de tener 30, tal vez menos. ¿Photoshop?

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Un tal Jaime Carrillo, El Polaco o Cuchillo

— ¿Eres tú el que anda buscando al tal Pedro?—Me inquirió un señor como de cincuenta años, un copete pronunciado, unas cejas que delataban cierto encanto. Vestía un saco fuera de época, pero nuevo. Gris, casi plata. Un precioso cuello de tortuga adornaba su camisa rojo vivo. Y un pantalón del mismo gris que el saco perfectamente planchado. Zapatos de esos que ya no se usan, a dos colores.

— Sigo sus pasos —contesté.

— ¿Qué buscas encontrar? —me dijo con tono autoritario, pero a la vez simplón.

Mis adentros filosóficos cuestionaron algo muy simple: “¿Quién es este güey y qué le importa lo que hago en Tala?”. No contesté, pero no dejé de mirarlo. Él tampoco volvió a abrir la boca. No era como Rafáel o Jaime. No. Él sí me veía, y buscaba la respuesta a mi pregunta en lo que yo reflejaba. No volvió a abrir la boca, pero me señaló hacía la salida del pueblo, antes de comenzar a caminar hacía ese rumbo.

Cuando notó que no lo seguía, giró y me hizo una mueca con la cara pidiendo que lo siguiera. No volvió a abrir la boca. “El cielo era todavía azul. Había pocas nubes. El aire soplaba allá arriba, aunque aquí abajo se convertía en calor.” ¡Pinche Rulfo! ¿Otra vez tú? Lo cierto es que mientras caminaba detrás del tipo bien vestido me repetía a mí mismo su pregunta: “¿Qué busco encontrar?”.

Se detuvo pasadas unas diez cuadras. Me señaló a un señor vestido de verde. Tuve la impresión de que lo conocía, pero no recordaba de dónde. Cuando volví a voltear hacía mi guía, éste ya no estaba. “¿Conoce a un tal Pedro Aguayo Damián?” Le pregunté al único que vi cerca, el señor de camisa verde y calvo.

— ¡Qué si lo conozco! ¡Es mi gran amigo! —contestó dibujando una gran sonrisa. Era jovial, entrado en los cincuenta años. Sentí pena dentro de mí. ¿Cómo decirle al jovial señor que el tal Pedro había muerto hace seis meses? “La muerte no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas». ¡Pinche Rulfo! Guardé una vez más silencio y me invitó a sentarme cerca de él.

— ¿Sabes? Trabajamos muchos años juntos. Fuimos a muchos lados juntos. Su familia conoce a mi familia. Hasta a Japón llegamos a ir juntos —Seguía comentando el señor calvo vestido de verde.

“¡Genial!”, contesté al fingir lo más que pude la tragedia que yo sabía y él no. “Cuénteme de sus andanzas con el tal Pedro». Sus ojos brillaron y mientras su boca pintaba imágenes para ambos. Encuentros y desencuentros arriba del cuadrilátero, y abrazos fraternales debajo de la lona. Sangre, rudeza, dolor, pasión. Amistad, camaradería, fraternidad. Combinaciones imposibles, pero reales.

«¿Y qué me cuentas tú del tal Pedro?”, me dijo.

— No mucho, por eso lo ando buscando, para que me cuente historias como las que usted me contó.

— Anda pues. Sigue buscándolo. Si lo encuentras, dile que su amigo Pepe Ángel le manda saludos.

Fishman y Perro Aguayo vs. Enrique Vera y Gran Hamada
Un tal Pedro Aguayo Damián, y su amigo Pepe Ángel Najera, Fishman

«Los muertos regresan del infierno por su cobija.»

Pensé: “Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran cerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen.” ¡Pinche Rulfo!

Volví al camino, y a la par mía apareció otra vez mi bien vestido guía. Sin decir una palabra. Yo tampoco le hice plática. Estaba más enmarañado en mi mente. Sabía que en algún lugar de mi mente estaba ese señor Pepe Ángel, pero no lo ubicaba, o no me atrevía a ubicarlo, porqué si era quién yo creía, no tendría sentido. No, no podía ser quién yo pensaba. ¿O sí?

Mientras mi mente seguía difiriendo y conjeturando, mi guía saludó a un tipo bajo y moreno: “¡Arturo!”, y sin dirigirse a mí, comentó “Éste es un reportero que anda preguntando por un tal Pedro Aguayo Damián. Habla con él”.

El tal Arturo me saludó. Me invitó a pasar a un billar. «Cuauhtémoc» decía en la entrada. Era muy sonriente. El billar sólo tenía una mesa ocupada, pero tanto los dos que jugaban carambola como el que atendía saludaron con un asentimiento a Arturo, quién solicitó: “Dos Coronas bien muertas”, cosa que sacó una ligera mueca de risa al dependiente.

A lo lejos alcanzo a escuchar música de banda, una tonada ya conocida por mí: “El Perro ganará, el Perro ganará”.

— Es a él a quien busco —le comento al tal Arturo. Su risa se vuelve nostálgica, su mirada va dirigida a mí, pero como si no estuviera ahí: “Un tal Pedro Aguayo Damián». No dice más. Trato de comentarle que él me recuerda a uno de los grandes rivales del tal Pedro. Alguien con quién casi comparte la muerte sobre el ring. Arturo suspira mientras da un sorbo a la cerveza. “Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace». ¡Pinche Rulfo!

No dice más. Prefiero hablar de otra cosa. Comento sobre el calor, me pregunta mi procedencia. No digo de dónde soy, sino de dónde vengo, de Jiquilpan, cuna del Tata. “Entonces lo sentirás más, entrada la tarde” finalizó. Por lo menos no me dijo que: “Aquí los muertos regresan del infierno por su cobija”. ¡Pinche Arturo! ¡Pinche Rulfo!

Villano III vs. Perro Aguayo
Un tal Pedro Aguayo Damián enfrentando a un tal Arturo Diaz, Villano III

«Esa música tierna del pasado»

Después de dos cubetas de “muertas”, para no sentir que entraba la tarde, como había sentenciado Arturo, busqué refugio en el primer hotel que encontré. Estaba ya cansado, un poco mareado, y aunque no es mi costumbre despreciar una cerveza más, dejé a Arturo entre bromas y cábulas. ¡Pocos como él! Aunque el silencio era lo único que brotaba cuando hacía mención del tal Pedro.

Decía «Hotel Camila». Un edificio algo extraño. No debieron de ser más de las ocho de la noche después que dejé a Arturo pidiendo las otras en el billar. Me registré y al abrir la cartera para pagar consté que quedaba poco en ella. Mañana tendría que terminar mi búsqueda de un tal Pedro Aguayo Damián.

Abrí la puerta de mi habitación y simplemente me dejé caer sobre la cama. No sé cuánto tiempo dormí. Pero dormí. Y soñé. “Esa noche volvieron a sucederse los sueños. ¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?” ¡Pinche Rulfo.

Me desperté porque alguien llamaba a la puerta. No había aún luz de día. Era aún muy de madrugada. Mi bien vestido guía estaba ahí, del otro lado de la puerta. El sudor cálido que tenía por la noche de Tala, se convirtió en frío de inmediato al verlo. No atine que hacer, salvo invitarlo a pasar. Se sentó en la única silla que había en la habitación.

De todos los rostros que había visto el día anterior el que menos conocido me resultaba era el de él. Ante su silencio opté por decir:

—¿No eres pariente de algún Rulfo?

— No. Soy Rodolfo. Y no soy Rulfo, ni soy de Jalisco. Toda mi familia es de Hidalgo.

—¿Por qué te interesa lo que yo busque del tal Pedro?

— Porque su memoria debe de recordarse por la gran vida que tuvo. No por sus últimos años de tristeza. Él vivió feliz y a pleno la gran parte de su vida. Su tristeza fue sólo temporal.

Pensé otra vez en el pinche Rulfo: “Nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague.”

— El destino es incierto, y como dice tu escritor con el que me querías emparentar:“Nadie de los que todavía vivimos está en gracia de Dios. Nadie podrá alzar sus ojos al cielo sin sentirlos sucios de vergüenza.

¡Pinche Rodolfo! ¡Pinche Rulfo! ¡Pinche yo!

Después de un rato mientras los dos nos quedamos callados, me invitó a caminar. Total, camino es lo que hay. Camino es lo que sobra. Si de por sí Tala es tranquila en el día, en la madrugada aún lo es más.

La luna hacía que el saco de Rodolfo brillara más. Su aura ahora sí era completamente plata. Mi mente tuvo la “brillante idea” de entrelazarlo con el máximo plateado. Y cuando mi boca iba a la formular la pregunta desenmascaradora, él volteó hacía mí y dijo:

— Sí. Soy yo.

Ofrenda luchística: Tras las huellas de un tal Pedro Aguayo Damián 4
Un tal Rodolfo Guzmán Huerta, Santo, el Enmascarado de Plata

Justo estábamos frente a la puerta del panteón viejo, y con la mano me invitó a pasar. El clima que sólo se calmó con “unas muertas”, era esa madrugada muy benévolo. Había una mesa donde Pepe Ángel jugaba dominó con Arturo. Jaime les hacía ronda. Junto a la fogata, sentados estaban dos figuras que desde lejos supe de quienes eran. Padre e hijo conversaban animados. Rodolfo me animó:

— Vamos. Es tu oportunidad. Pregunta lo que quieras saber.

Perro Aguayo e Hijo del Perro Aguayo
Un tal Pedro Aguayo Damián con su vástago

Un frenón me devolvió a la vida. El chofer se acercó y me dijo: “Ya llegamos a Tala, joven”. Y el autobús me escupió ante unas calles ya no tan desconocidas. ¡Pinche Rulfo que me pone a buscar fantasmas! ¡A buscar a un tal Pedro Aguayo Damián!

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