[Con gran admiración y cariño para mis amigos José Antonio Báez Espino, Mario Alberto Abarca y Gustavo López… También un agradecimiento a Juan Álvarez, Óscar Trujillo, Fabián Martínez y Óscar Durán por su ayuda para realizar algunas de las tomas fotográficas].

La última vez que pisé las instalaciones del Instituto Politécnico Nacional, en Zacatenco, fue hace dos años, tal vez un poco más. Ahora han cambiado. Algunos edificios lucen fachadas nuevas, hay un par de salones donde antes sólo había áreas verdes. No reconocí la ruta y me perdí. Luego de preguntar a un par de estudiantes que juegan basquetbol, di con el gimnasio. Aquí nada parece haber cambiado.

Apenas entrando, me topé de frente con José Antonio, uno de los entrenadores del equipo de lucha olímpica de Politécnico. Nos saludamos. “Quedaste de llegar a las once”, me dice, y camina hacia el colchón. Son las 12:25. Contesto que el tránsito era pesado, que me fue imposible llegar. Para mi sorpresa, el colchón está casi vacío, sólo hay un par de estudiantes realizando ejercicios de calentamiento.

Aldo Rosales.

José Antonio y yo nos sentamos a orillas del área de lucha, para conversar. “Ahora entrenamos de una a cuatro o tres y media”. También los horarios han cambiado. Llega entonces el sentimiento de extrañeza, de no pertenecer más a lo que antes fue una rutina. Busco con la mirada a Mario, a Gustavo, antiguos compañeros de entrenamiento, grandes luchadores ambos. No están: ahora sólo veo rostros que no me son familiares.

Hablamos. Los temas son variopintos. Van desde la situación actual del país hasta experiencias de los amigos en común. De vez en cuando, José Antonio –“El Chino”, como le llaman—interrumpe la conversación para dar indicaciones a los dos jóvenes que entrenan.

Aldo Rosales.

“Tómalo de la muñeca y después del tríceps; el movimiento va hacia abajo. ¡Síguelo!”. Después, como es común, la conversación recae en los deportes de contacto. Hablamos del evento próximo de la UFC, me habla de sus experiencias con Pedebolo, peleador de MMA de origen brasileño que entrena lucha olímpica ahí mismo, en Zacatenco. “Lo corrieron del gimnasio de Ciudad universitaria; no lo dejaron ni preguntar”, me hace saber. No sería raro: allá en CU hay un entrenador que se caracteriza por dos cosas: su habilidad para formar buenos luchadores y su mal temperamento, que, el día menos esperado, se puede salir de control. A mí nunca me ofendió durante mi estancia en ese lugar.

Yo entrenaba con el profesor Juan Carlos Delgado, uno de los primeros luchadores mexicanos en asistir a Juegos Panamericanos. Considero tener buena suerte: los entrenadores que he tenido siempre han sido amables y pacientes conmigo.

Antes que dé la una, y comiencen a aparecer los que van a entrenar en ese horario, doy inicio con un par de preguntas a José Antonio. Le explico que serán para escribir una nota acerca del equipo de lucha olímpica de Zacatenco a publicarse en una revista de internet. “Cobro por las fotos”, me dice en broma. Reímos.

Inicio con “¿Qué es para ti la lucha olímpica?”.

Un deporte que requiere mucha disciplina, que te puede ayudar a cambiar tu mentalidad. Para mí, es de los deportes más completos. Te exige física y mentalmente, lo que te ayuda en tu crecimiento como persona, como ser humano.

Aldo Rosales.

— ¿Conoces los orígenes de este deporte?

— Es uno de los primeros deportes del hombre. Viene desde la antigua Grecia. Dado que es un deporte de combate, de pelea cuerpo a cuerpo, halla sus orígenes en las batallas.

— Existen muchos deportes de contacto. Aquí mismo, en Zacatenco, se imparten clases de taekwondo, judo, aikido, box, ¿por qué entrenar lucha olímpica precisamente?

— Mario y yo, cuando éramos estudiantes, decidimos probar la experiencia, ver qué era la lucha y cómo se entrenaba. A mí me convenció su complejidad: hay que tener los sentidos en alerta, atender las indicaciones de tu entrenador, pensar rápido para ejecutar los movimientos y, además, ser fuerte y ágil. En otros deportes se da prioridad a alguna parte del cuerpo; los boxeadores, por ejemplo, que usan sólo las manos para el ataque. En lucha tienes que usar las manos, la cabeza, el cuello (el cuello es fundamental) y las piernas, parte vital también de un buen luchador.

— ¿Es un deporte peligroso?

— Sí, sí lo es. Hay ejecuciones que son peligrosas, por eso es fundamental una buena preparación y un entrenamiento constante, para que tu cuerpo se acostumbre a los movimientos, a defender y atacar con soltura. Si se entrena con seriedad, con dedicación y cuidado, se logra un acondicionamiento del cuerpo, naturalidad en los movimientos, lo que reduce los riesgos.

Aldo Rosales.

— ¿La lucha olímpica se considera un arte marcial? ¿Hay alguna filosofía detrás de ella?

— No es considerada un arte marcial. Sin embargo, sí hay una filosofía inherente a ella: la preparación, tener un cuerpo sano y preparado, competencia justa y un constante impulso por superarse y lograr más. Como te decía, quien entrena lucha puede crecer como persona.

— Hoy en día hay deportes de contacto que gozan de gran difusión. Pienso en el jiujitsu brasileño, que a últimas fechas, y dado el éxito que han tenido las MMA en nuestro país, ha visto crecer su número de estudiantes y escuelas. La lucha, no obstante, cuenta con un número relativamente pequeño de practicantes, ¿a qué se debe esto?

Existen pocos lugares donde se pueda practicar. Además, la difusión es poca, en ocasiones nula. Un gran porcentaje de los que entrenan –al menos de los que yo conozco—lo hacen por tradición: sus padres lo entrenaron, sus abuelos o tíos los condujeron a esto. Algunos también llegan a la lucha olímpica a través de la lucha libre espectáculo, la que se ve en la tele, un deporte que sí está firme en nuestro país.

Rostro Oculto.

— Ya que ha surgido el tema de la lucha libre, la lucha espectáculo, como le llamas, ¿qué opinión te merece?

— Quisiera empezar con una aclaración. Lucha olímpica se llama al deporte en general, que a su vez se divide en tres categorías: libre, grecorromana y femenil. En la primera sólo se ataca de la cintura para arriba, están prohibidos los ataques a las piernas. En la segunda se permiten ataques a todo el cuerpo. La femenil es similar a la libre, sólo que se prohíben ataques a las cervicales, tales como la nelson completa. Ahora bien, respecto a la lucha que la gente conoce como libre, la que algunos de este círculo llamamos profesional, me parece que es un deporte-espectáculo. No obstante, siento un gran respeto por ellos como atletas, ya que arriesgan la vida en sus ejecuciones. Si algo pudiera decir, digamos, como crítica, son sus bases de lucha, ya que algunos las descuidan por dar preferencia a cosas más vistosas; algunos hasta parecen no tenerlas. Quizás eso tenga que ver también con la gente, que no disfruta mucho la lucha a ras de lona, como la que aquí realizamos. Pero sí, soy un fan de la lucha.

Tú me hablabas de los orígenes de la lucha libre, de la antigua Grecia. Además de la lucha (palé), se practicaban el pancratos (algo tipo MMA) y el box (pygmachia), éste último de gran difusión y popularidad en México. ¿A qué se debe la preferencia del box sobre la lucha olímpica, si tienen un origen común?

Zanfer.

Creo que se debe a la cantidad de triunfos que se han logrado en ese rubro. México ha dado grandes campeones de boxeo que son reconocidos a nivel internacional, gente que se ha vuelto un referente del deporte; ídolos. Me parece que eso motiva a la gente a seguirlos. La lucha ha tenido éxitos más modestos en ese sentido, un par de medallistas olímpicos, una medalla de plata, una de oro a nivel internacional.

¿Por qué México no ha dado tantos campeones en lucha olímpica como, por ejemplo, los que ha dado en box?

— En otros países la lucha olímpica es un deporte nacional. Cuba, Estados Unidos, por nombrar algunos del continente, son semilleros de grandes luchadores. En Estados Unidos, por ejemplo, es un deporte que se puede practicar en las escuelas, incluso desde la primaria. Entonces, cuando se realizan competencias internacionales, los luchadores mexicanos, digamos, de veinte años, tienen cinco, ocho años de experiencia, mientras que un luchador estadunidense tiene a veces el doble. Incluso hay quienes dedican su vida a ello. Es una competencia, podría decirse, injusta.

— ¿Dirías entonces que falta de difusión?

— Claro, claro, no es suficiente la que hay. Nosotros, los que la practicamos, tratamos de dar mayor difusión, pero a veces no hay interés por parte de la gente. Y aunque se dé promoción, en ocasiones los entrenamientos son tan pesados, tan extenuantes, que la gente no los soporta y deciden no volver.

Aldo Rosales.

— Retomemos el caso del box. Hay practicantes de este deporte que, de tomarlo como distracción, o como mero ejercicio, dan el salto y hacen de él su trabajo, su modo de vida; son remunerados por pelear. ¿Es esto posible en el caso de los practicantes de lucha olímpica?

No hay tanto dinero como lo puede haber en el box o la misma lucha libre profesional. Sin embargo, sí es posible vivir de la lucha olímpica. Puedes ser entrenador –muchos de nosotros pasamos de ser alumnos a ser entrenadores, como es mi caso—o poner tu propio gimnasio. No a todos se les presenta esta oportunidad, pero es posible. Sin embargo, repito, no se manejan las cantidades de dinero que en otros deportes sí. No hay pago por asistir a torneos, eso quizás desmotiva a los practicantes a dedicar su vida a ello.

— En tu experiencia como practicante de lucha olímpica, y ahora como entrenador, ¿has conocido a alguien que dé el salto a la lucha libre profesional?

— Sí, algunos compañeros míos, y algunos alumnos ahora, comentan que también entrenan lucha libre profesional, aunque desconozco si lo hacen en los grandes circuitos, como el CMLL o similares. Recuerdo el caso de Dos Caras Jr. (ahora Alberto el Patrón), que, de una u otra forma, todos los que entrenamos lucha olímpica reconocemos, pues fue Campeón Panamericano de Grecorromana en la categoría juvenil.

¿Qué se necesita para entrenar lucha olímpica aquí en Zacatenco?

Sólo querer hacerlo. A pesar de pertenecer al Instituto Politécnico Nacional, aquí aceptamos a todo el que quiera venir, sea del Poli o no, no importa su edad o experiencia previa. Los horarios son flexibles, no tiene costo alguno y, además, las instalaciones son adecuadas y suficientes.

Aldo Rosales.

Terminamos las preguntas. Mientras las realizábamos, uno a uno, llegaron los que entrenarán en este turno. Veo a Oscar, a Fabián, antiguos conocidos. Vuelve el tono desenfadado de la plática. Digamos que entrevisté a José Antonio, el coach; vuelve El Chino, relajado, bromista. Mientras se cambian para empezar, me alejo por un segundo de ellos. El colchón de lucha parece un tiro al blanco, con su centro rojo y un aro amarillo alrededor. Ahora cada que veo esos tres colores juntos, azul, amarillo y rojo, pienso inmediatamente en los derribes, en los entrenamientos que, como bien dijo José Antonio, pueden resultar extenuantes. Los sonidos del gimnasio me traen recuerdos, desempolvan las memorias. El ruido de los balones de basquetbol y de voleibol son como latidos sobre la duela. Cada deporte que aquí se practica es un ser vivo, un ser hecho de sudor y cuerpos, una criatura de sal.

Comienzan a calentar. Primero los pies, y así hasta llegar al cuello. Como dijo José Antonio, es vital el cuello. Una vez concluido el estiramiento, comienzan a trotar alrededor del área amarilla de la lona. El cuerpo tiene memoria, me quiere llevar con ellos, hacer los movimientos otra vez, sentir el aire irse como si fuera un pez entre las manos. El cuerpo es como un pedazo de acero —pienso—que debe calentarse a cierta temperatura para comenzar a moldear un luchador. Pero eso sólo se logra con un fuego avivado por muchos días, muchos meses.

Viene la acrobacia. Maroma al frente, atrás, salto del tigre. Con razón Dos Caras padre dijo una vez que quien quiera ser un buen luchador de lucha libre debe ser un buen luchador de lucha olímpica. Como están en pretemporada, hay poca lucha, poco llaveo. Un par de derribes de bombero, entradas a dos piernas, desbalances. Coincido en algo con José Antonio: la lucha te cambia, no vuelves a ser el mismo. A mí me agrada, sobre todo, su sencillez: se trata de llevar al rival al piso, y lograr marcar puntos. Pero de esa premisa tan sencilla se abre una gama de movimientos que parecen no tener fin.

Terminados los ejercicios, salen para las gradas, donde harán trabajo de acondicionamiento. Después un poco de trabajo en la pista.

— Ahora en tu labor como coach, ya no como aprendiz de lucha, ¿qué satisfacciones hallas?

— Es distinto, totalmente distinto el enfoque. Cuando tú eres el que lucha, sientes adrenalina, emoción, miedo, que desaparece después de los primeros derribes, los primeros golpes. Como entrenador, como esquina, la emoción permanece, porque sientes angustia, coraje, miedo, durante todo el encuentro.

¿Volverás a luchar algún día?

— No creo. Mis lesiones no me lo permiten. También me resultaría complicado dar el peso. La dieta, los ejercicios… no sé, no creo volver a luchar, pero mi labor como entrenador es igual de gratificante. Dar el peso es complicado. A veces, cuando salimos a luchar a otros estados, los que van a dar el peso tienen hambre, sed, pero no pueden consumir nada hasta después del pesaje. Van envueltos en chamarras, para sudar más. No pueden dormir, por los nervios y el espacio reducido del transporte. Es difícil.

— ¿Qué sigue de esto? ¿Serás entrenador toda tu vida?

— No, definitivamente no. No me veo aquí en cinco años, vaya, quizás ni siquiera tres. Buscaré otro trabajo, quizás algo que tenga que ver con mi carrera. Pero como todos los viejos, volveré un día a ver cómo van las nuevas generaciones (ríe).

— Entonces la lucha jamás se deja.

— No, nunca. La lucha es como una mala mujer: por más que te pegue, por más que te lastime y te quite tiempo y vida, vuelves. No puedes irte. A veces, cuando estamos de vacaciones, me digo “esta semana no haré nada, voy a descansar” y a los diez minutos ya estoy haciendo ejercicio. Siempre vuelves, siempre.

Aldo Rosales.

Llegamos a las gradas. José Antonio da las indicaciones y comienzan los ejercicios. Los observo por un momento subir y bajar por los escalones. Se alejan, sus pasos se difuminan en lontananza. Vuelven después de unos minutos. Cuando José Antonio está cerca de mí, aprovecho para despedirme. Quedamos en vernos después para ir, como otras ocasiones, a convivir, a charlar. No se aterriza nada. No nos despedimos de mano. No hay por qué. Como él dijo, siempre se vuelve, uno nunca se va del todo. La añoranza, la nostalgia, es quizás lo que más se fortalece en un entrenamiento. Uno nunca se va del todo de los lugares donde dejó un poco de cuerpo y un poco de espíritu. Uno nunca deja del todo la lucha.

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