Nunca antes había entrado de día a una arena de lucha libre. Los ventanales dejan pasar una luz suave sobre el ring, sobre algunas de las butacas. Los barandales, así como los asientos, son de madera, algo que ya no se ve hoy. Un ave, que creo reconocer como una paloma, hizo nido en una de las esquinas superiores del inmueble. El tiempo, también, parece haber anidado en el inmueble. Allá afuera es 2014; aquí adentro puede ser 1986, 1990.

Arena Afición
MedioTiempo.com

Me saluda amigablemente el dueño de la Arena Afición. No puedo acordarme de su nombre, pero no es falta de respeto o de importancia, es sólo la emoción: hoy voy a conocer a El Sagrado y a Felino. Los he visto llavear, dejar luchas cinceladas en la memoria de muchos. Los he visto lesionarse y, a uno de ellos, lo he visto perder la máscara, pero hoy es diferente: hoy los escucharé hablar, platicarme cosas que, quizás, con nadie más que amigos y familiares han hablado. “Por aquí es”, me dice el dueño de la arena, y caminamos por los pasillos, rumbo a los vestidores. Corre la cortina y me invita a pasar. Ahí están.

Felino se está poniendo el maquillaje en el rostro –ya tiene dibujados, con pincel, los músculos del abdomen—y me ve llegar. Se interrumpe y me da la mano, con un apretón fuerte, decidido. Sagrado se está colocando cinta en la muñecas y también me da la mano. ¿No hay problema que te vea sin máscara?, le pregunto. Dice que no. Sonríe, quizás le parezca curiosa mi actitud, una especie de recato, de vergüenza casi infantil que no me dejaba mirarlo directamente a la cara.

Su saludo es igual de fuerte que el de Felino; lo imaginaba más viejo, un hombre de quizás 40, 45 años; nunca me esperé ver, detrás de la máscara del bendito del ring, a un hombre joven, de 30, 35 años a lo mucho, bien parecido y con gestos duros a la vez que amables.

Luego de saludarme, da la última bocanada a su cigarrillo y aplasta la colilla contra la banca de madera en la que está sentado. Fuma, pienso con sorpresa, no lo hubiera imaginado. El aroma que despide, a colonia fresca y tabaco, me recuerda a mis abuelos, a mi padre.

“Así que tú eres Aldo —me dice Felino— mucho gusto”. Una risa nerviosa me gana el rostro: Felino dijo mi nombre y, además, asegura, le da gusto conocerme. Quizás es mero protocolo, pero eso poco importa ahora. “Aldo —dice Sagrado— así que tú eres Aldo”. Un silencio de uno, dos, tres segundos que Felino, con la sagacidad que usa para luchar, rompe velozmente, uno de sus atributos también sobre el encordado:

“Entonces te gusta la lucha”, me dice, con una de esas afirmaciones que en realidad son preguntas. “Sí —le digo— aunque, confieso, algunos estilos no”.

— ¿Como cuál?

La lucha extrema no me gusta mucho; a veces se descuida el llaveo; tampoco la lucha estadunidense es de mi particular gusto.

Mueve la cabeza afirmando, aunque no sé si asiente a lo que dije o medita cómo decirme, sin ser grosero, que está en desacuerdo. Si debiera apostar, diría que ambos están de acuerdo conmigo: su estilo es un homenaje al estilo antiguo; son un anacronismo, diría yo, un anacronismo que no está peleado con el presente.

El Sagrado
Carlos Hernández Valdés

Sagrado se une a la charla; el lenguaje es, ahora, un ring en el que ellos dos me dejan estar y en el que, como en el de cuatro esquinas, entran y salen sin mayor dificultad. Cuántos años tienes, me pregunta. 27, le digo, y me dice que le sorprende que a alguien de mi edad no le guste ese estilo de lucha. Cuál es tu luchador favorito, dice Felino, le contesto que depende de qué época hablemos; Blue Demon, El Halcón, Stuka Jr., El Sagrado: no podría acordarme de todos en este momento. “El Halcón no es de tu época, y por eso me sorprendió que lo conozcas y que hayas hecho un texto sobre él”. No puedo ocultar el gusto que me da que me hayan regalado un par de minutos para escuchar lo que tengo que decir —aunque sea a través de una hoja— y le haya interesado.

Mientras hablamos, Sagrado se coloca la máscara y el crucifijo que lo caracteriza. No es parte sólo de la indumentaria: lo besa cuando los llaman al ring. Me vuelven a estrechar la mano y salen —salimos—rumbo al ring.

Un par de micrófonos dispuestos en una mesa sobre el ring. Botellas de agua, pequeños carteles con sus nombres. Sillas —y no para golpearse, algo que, Sagrado mismo me dijo, no encuentra propio de su estilo—en las que se sientan ambos luchadores. Es raro verlos así, sentados uno a cada lado mío (me dejaron estar con ellos mientras contestan preguntas del público).

Felino, como ya se sabe, es miembro de la dinastía Casas. Hasta antes de ser luchador de tiempo completo era empleado de un banco. Dice, cuando alguien del público se lo pregunta, que sí le gustaría escribir un libro sobre su vida de luchador. Habla como lucha: suelto, confiado, con experiencia.

El Sagrado, por su parte, usa palabras más firmes, oraciones más cortas: se le nota un tanto incómodo. Sé que suena a una broma, Sagrado un poco fuera de confort en un ring. Sin embargo, tal como sus movimientos, sus palabras son bien escogidas, fuertes y, más que nada (algo que me hace admirarlo más aún) profundamente humanas: habla de un ascenso difícil dentro de la lucha libre, de numerosos tropiezos y accidentes que lo han dejado con operaciones y piezas metálicas en hombros, rodillas y muñecas. Habla, también, de una infancia difícil, que culminó, afortunadamente, en una exitosa carrera dentro del pancracio. “La mano que nadie me tendió en esto, ahora la tiendo yo a los novatos”, dice, y el público le reconoce —le reconocemos—la tremenda ejecución de humildad y carácter: aplaudimos cerca de un minuto.

Las preguntas se acaban. Las palabras ahora cederán el paso al otro lenguaje, al corporal, el que estos dos hombres manejan con soltura. Bajan la mesa y Felino y Sagrado comienzan a calentar. Será una lucha de una sola caída, sin límite de tiempo.

Felino vs. Solar
Víctor Padilla

Empiezan con toma de réferi; me da emoción verlos así; quizás no sea cierto, pero creo que, como buenos anfitriones —esta arena es su casa, cada arena de este mundo es su casa—me regalan una lucha como las que me gustan, dura, de buen llaveo, llena de honorabilidad; la guerra más bella, donde no habrá heridos, sólo un vencedor. Termina el encuentro con un foul de Felino. La gente reclama, sobre todo los niños.

Ambos luchadores, al terminar el encuentro, saludan a quien se acerca, firman autógrafos y se toman infinidad de fotos. La Arena Afición, de estructura antigua, hoy vibra de juventud. La luz de los ventanales me hace creer, por un segundo, que estamos, efectivamente, en otro tiempo. Con cosas así es difícil no creer en espíritus, energías que se niegan a partir: no me sorprendería que, por las noches, cuando todo es silencio sobre Pachuca, se escuche el impacto de un cuerpo sobre el ring, y de las cuerdas estirándose con el peso de un luchador.

Aficionados Pachuca
Rostro Oculto

Termina la función, me dejan despedirme de ambos luchadores en el área de vestidores. El Sagrado está ya sin máscara, ataviado con un traje de dos piezas que lo hace lucir más grande y musculoso. Felino tiene un estilo más desenfadado: mezclilla y camisa casual de manga larga. Me despido de ellos y me vuelven a estrechar la mano con fuerza. Me dicen que en otra ocasión nos volveremos a ver para platicar. No creo que suceda. Nos despedimos con calma, con la soltura de quien no es amigo, pero ya tampoco es un extraño.

Salgo de la arena luego de despedirme del dueño y de su hijo, quienes me dicen que tal vez la demuelan porque organizar funciones de lucha libre ya no es negocio. Ojalá no lo hagan, les digo, y salgo. Afuera, en el centro de la ciudad, las calles siguen siendo reparadas; comienzo a caminar hacia mi hotel. Detrás de mí, la Arena Afición, de pie, firme ante el insistente empuje del aire frío de Pachuca, con la fuerza de los luchadores de antes, los que ahora son leyendas, tan fuertes que ni siquiera el tiempo los ha podido derrotar.

Rostro Oculto
Rostro Oculto
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