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El día de hoy me levanté reflexivo, así que reflexionemos, hermanos:

La lucha libre puede llegar a ser una profesión que permita a una persona vivir cómodamente sin necesidad de tener otra fuente de ingresos. Esto tomando en cuenta la disciplina, constancia, interés, gusto, aprecio, predilección, estima, apego, devoción, amor y cariño que se le tenga al deporte.

Hay quienes se dedican a esto por simple pasatiempo y le dejan sólo el tiempo que les quede libre –si les es posible ♪ —en relación a sus demás actividades. Y existen aquellos que luchan arriba y abajo por tratar no sólo de sobresalir en sus actividades sino de sobrevivir a base de ambas.

Luchadores van y vienen. Luchadores vienen y van. Y son pocos los que dejan un hueco a la hora del adiós –y menos los que dejan un cráter—.

Hay muchos ejemplos de luchadores que dejan atrás una vida de doble jornada laboral para profesionalizarse en el deporte.

Les voy a mencionar brevemente dos ejemplos, ambos paisanos míos, regiomontanos a mucha honra.

Primero las damas: Princesa Sugey es una chava que se esfuerza por reinventarse día con día. Difícilmente una chica ha sobresalido tanto en el deporte hablando estrictamente por las cualidades atléticas y no por el físico (¡aunque vaya físico que tiene!). Sugey, en su momento, decidió dedicarse por completo a la lucha y salió a buscar oportunidades, y ha llegado a cotizarse muy por encima de la mayoría de las luchadoras mexicanas en estos días.

El otro ejemplo es Hechicero, en el norte todavía conocido como Rey Hechicero. Quizá ya en una edad muy difícil para ir a tocar puertas a la catedral de la lucha libre en Chilangolandia, decidió dejarlo todo y profesionalizarse, o sea, desayunar, comer y cenar lucha libre con papas y refresco, y en muy poco tiempo se han visto los resultados.

¿Qué es lo que puede pasar con ellos? Es simple, poco a poco sus bonos van subiendo al igual que su popularidad, lo que va de la mano con los entrenamientos, el esfuerzo, la disciplina y el amor por su profesión. Porque no sólo de popularidad vive el luchador, aunque muchos se quieran engañar con eso.

Cuando Místico comenzó a llenar cuanta arena pisaba, muchos, pero muchos luchadores comenzaron a salir cual arañas de entre las piedras con un físico muy similar, con un equipo muy similar, con un estilo muy similar y con expectativas de ingresos muy similares. Siendo cínico diría que es admiración a lo que brilla, pero si intentamos alguna vez imitar el brillo del oro, puede brillar un poco, pero oro no será. A lo mucho latón o qué sé yo.

¿Y sólo los luchadores que se dedican al cien por ciento a esto tienen oportunidades verdaderas de sobresalir?

Uno pensaría que sí, pero por alguna razón me inclino a pensar que no. Y no explicaré por qué.

Como sea, la lucha libre vive una constante y sonante evolución. Esto no quiere decir que las bases tengan que irse borrando para dar paso a lo nuevo. Al contrario, entre más nuevo eres, más bases debes tener y más actualizado debes estar. Ya no debes saberte sólo la tapatía, sino también el Ajuste de Actitud. La oportunidad está para todos, el problema no es aprovecharlo o no, sino saber cómo aprovecharlo.

Hay luchadores que por más que lo intentan, por más que se esfuerzan, por más que echan el bofe y se quedan sin blanquillos en la nevera, nomás no pueden sobresalir. No podemos cegarnos (porque nos quedamos ciegos): en cualquier ámbito deportivo o laboral, existen las envidias. Siempre habrá consentidos, privilegiados, los que igual y ni querían ser luchadores pero heredaron un nombre, un gimnasio, una tradición, y dijeron “pos ya qué”. Cabe aclarar que no por haber tenido un inicio fácil, todos son maletas. Entre los consentidos hay muy buenos luchadores, que al verse rodeados de oportunidades, pues se ponen vivillos y las aceptan y aprovechan.

Pero bueno, como sea, creo que ya estoy divagando, pero la cosa es que ya sea por echarle ganas o por ser consentido, resulta que el luchador se va cotizando poco a poco, pero esto se debe más a lo que hace arriba del ring que al trato con la gente. Eso es algo así como un extra. No se engañen, jovencitos: aunque el aficionado pague un boleto para ir a la arena, el costo es por ver las luchas nada más, no es una convivencia. No quieran ver ganancias extras. Si el luchador corresponde un saludo, regala una firma o se toma una foto, pues qué paique, sin duda se ganará el cariño de la gente, pero si lo niega o los cobra, no tiene por qué ganarse el odio ni merece que le digan en el Facebook “trinche Místico mamila”.

Esto es, a final de cuentas, ahora sí que un negocio, ¿no? Y como ejemplo pues está la WWE. Sus luchadores son prácticamente intocables, los manejan como súper estrellas —y quizá por ello su nombre genérico es Superestrellas, ahora que lo pienso—. Muy difícilmente los Superestrellas van a interactuar con el aficionado por redes sociales y mucho menos voltearán a dar un autógrafo en pleno evento. Vamos, ni una mentada se dignan a lanzar los infelices. Ah, pero eso sí, cuando la empresa anuncia convivencias, las filas son largas, pese a lo que pudieran cobrar, y todo ello sin el resentimiento de los aficionaditos traganopales.

Cuando el luchador se cotiza, sus bonos van a la alza. Si se cuida, su vida privada se queda dónde debe estar y no en el TV Notas. No vale lo mismo una máscara de un luchador que cada que puede se destapa intentando que lo reconozcan, que sube fotos a sus redes sociales enseñando la cara, o que se pone a platicar públicamente en Facebook con otros luchadores como si estuvieran en los vestidores (“¿Qué? ¿Hoy no tienes jale, carnal?” “Tenía, güey, pero el inche promotor nomás da 50 varos de gara, güey. Y me ofrece 100 por la cabellera, güey” “No, pos qué culey”). ¿Qué aficionado va a respetar a luchadores así si se da cuenta que son más ñeros que microbusero americanista?

No valen lo mismo esos luchadores que se exponen en Facebook. No valen lo mismo esos luchadores que salen en el periódico porque, ya ebrios, hicieron sus desmanes… Perdón, desmadres. No valen lo mismo esos luchadores que se drogan. No valen lo mismo esos luchadores que cuando tiene una oportunidad la desperdician por güeyes.

El luchador decide si terminar en la cumbre, desaparecer en el anonimato o irse convertido en leyenda. Una decisión muy fácil, nos diría el sentido común, pero que parece ser en la práctica harto difícil.

Y pues ya me hice bolas, pero continuemos: ¿Qué pasa con todo el dinero ganado durante su carrera? ¿Por qué hay luchadores que por mucho, mucho tiempo fueron estelares y terminan en “arenas chicas” boteando? ¿Por qué algunos otros simplemente mueren y no hay ni con qué enterrarlos? Dime, señor, quiero saber ♪. La devaluación de un luchador siempre va a estar a la vuelta de la esquina.

LA Park es un luchador consciente de que un día estás y al otro pos ya no. Y gran parte de sus ganancias han sido invertidas en negocios que lo sostendrán cuando su cuerpo no dé para más costalazos. Dudo mucho que llegue a dar lástimas para poder comprar frijoles y un six-pack.

El luchador puede llegar alto, pero muchas veces del mismo tamaño es la caída. Lo cierto que para hacerla se requiere de una serie de sacrificios que no cualquiera está dispuesto a realizar.

Y si tienen tele, apáguenla y cómprenme un libro.

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