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(ED. Los lectores de SÚPER LUCHAS recordarán la sección de David Martínez "Migrejok", que inició hace más de una década con el título de Adimensional, transformándose posteriormente —y valiéndose de todo un ángulo para ello—en Dimensional. Ya en 2007 había incursionado en esta página web con Interdimensional, título que ahora retoma esta sección que lo mismo podrá ser de análisis que de comedia que de narrativa. Y de narrativa es esta primera entrega, el cuento 'Debutando').

Bienvenidos a Interdimensional (La Nueva Era) #1

La señora Erika, terminaba de despedirse para siempre de Luis, Luisito, su hijo, quien horas antes había fallecido arriba de un ring, haciendo lo que le gustaba. En una desnucadora recibida, su cerebro se apagó, y las pocas fuerzas que le quedaron para respirar se terminaron apenas llegando al hospital.

Luis fue un apasionado de la lucha libre de toda la vida. Su abuelo fue administrador de la arena de su ciudad, por lo que Luis, prácticamente, se enseñó a caminar entre las butacas, amando, respetando y entrenando el deporte hasta el día de su debut, el día de su muerte.

Siempre lo dijo: Todos moriremos algún día, y cuando me toque, quiero que sea arriba de un ring.

Más que el amor al deporte, Luis siempre creyó que al fallecer arriba del ring, automáticamente se tenía un pasaporte a la Arena Celestial —sin filas ni esperas. “Como cuando dices que si rezas el rosario, la Virgencita te echa la mano para llegar al cielo antes”. Este pensamiento lo acompañó desde pequeño, robando las sonrisas de la gente que lo escuchaba; volviéndolas lágrimas conmovedoras el día que falleció.

Todos en la sala de espera del hospital están incrédulos. Pepe, quien encarnaba a Arzhal, su rival ese día, estaba sentado en un rincón, llorando inconsolablemente. Juntos comenzaron a entrenar y ambos debutaban en ese duelo.

“Lo lamento, lo lamento mucho —decía entre sollozos, mientras recordaba la escena— ¿Cómo pudo haber pasado? Ni siquiera habíamos llegado a la parte peligrosa y todo terminó antes. Adiós a su carrera, adiós a mi carrera. No podré volver a subir a un ring nunca, por favor, perdónenme”.

Doña Antonia, su abuela, no ha dicho nada desde que llegaron al hospital. Entre sus manos tiene una máscara mal cosida, pero hecha con el corazón. Luis siempre quiso que su abuelita, esa que cuando era niño le hacía capas y máscaras con retazos de la ropa que arreglaba, le hiciera la primera máscara de su etapa profesional.

Intenta no reprocharse, se siente culpable. Quizá fue ella quien más cuerda le dio a la ilusión. Como buena abuela, jamás le dijo que no; al contrario, era el empuje, la pieza clave para que sus padres lo dejaran entrenar y después prepararse para su fatídico debut. Pero esta vez no puede dejar de pensar que la muerte es su culpa, y aferrándose a la máscara la acerca a su corazón y después a sus ojos, para secar las lágrimas que se le escapan del alma.

Don Luis no está con ellos. Salió raudo para buscar a un sacerdote que le diera una digna despedida, pero apenas llegaba a la sala cuando le dijeron que era demasiado tarde. El sacerdote se quedó, pero don Luis tuvo que hacer una vuelta más, esa que a cualquier padre le partiría el alma: papeleos de velatorios y panteón. No hay nada peor que velar a un hijo.

Amigos, compañeros y más familia, encierran el triste cuadro en esa sala, mientras Erika, su madre, sigue aferrada a él pese a que los especialistas lo declararon muerto hace minutos. Toma su mano, no quiere decirle cuánto lo va a extrañar. Decide decirle lo mucho que le ama y que no se arrepiente de haberle dado el permiso de la lucha. En eso, recuerda el pensamiento de Luis. “Seguramente ya está en esa arena. Sé feliz, mijo. Lucha… siempre lucha”.

Cuando se termina la esperanza, comienzan las cosas raras.

Y sucedió.

“¡Esto es un milagro…! ¡Enfermera!”.

— ¿Qué pasa?

— Luis… ¡Luis está respirando!

— No… es imposible. Probablemente sea un reflejo.

— No, ¡mire!

Luis no sólo respiraba. Luchaba por quitarse los tubos que antes hicieron el intento de ayudarle a respirar. Los intentos de las enfermeras por evitar que la gente entrara al cuarto de terapia intensiva fueron nulos. Todos estaban sorprendidos. Luis estaba vivo, sonriente, se notaba muy feliz.

— Pepe… ¡Pepe! ¿Dónde estás?

Pepe contemplaba incrédulo. Las lágrimas y un gran nudo en la garganta le impedían contestar.

“Pepe… ¡Te están hablando, güey!”.

Pepe avanzó, las piernas se le doblaban. Su vida también se había desplomado, sus sueños se habían derrumbado junto con la muerte de su mejor amigo, y ahora, él le hablaba.

— ¿Luis…? ¡Luis, aquí estoy!

Luis lo tomó de los hombros. Una extraña sonrisa prevalecía en la cara del resucitado, y con lágrimas en los ojos le abrazó, mientras emocionado le decía:

— Existe, Pepe… ¡La Arena Celestial existe!

La gente guardó silencio.

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