Después de que suena la última palmada, después de que la última foto se toma, después que el último aficionado se va, la lucha sigue, pero en la vida real, los gladiadores tienen que retomar su vida, ya sin el personaje, ante el público que de verdad cuenta, el que de verdad juzga: la familia.

En nuestra sociedad el eje de ese ente llamado familia es la madre, la mujer, símbolo de amor, de entrega, de pasión, de cariño. Sí, todas las familias no son iguales y cada una tiene sus peculiaridades. En ese sentido entrevistamos a Lola «Dinamita» González, la luchadora más famosa de nuestro país, la eterna campeona, la gladiadora que se consagró por todo el mundo llevando la bandera de México y ensalzando nuestra cultura. Esa cultura de donde ella misma, como embajadora, tomó dos puestos: primero madre y después la gran luchadora:

Lola y su pequeño bisnieto
Lola y su pequeño bisnieto

«Me siento muy bendecida, llena de tanta ternura, de tanto amor, de ver a mis hijas son muy buenas madres.

«La vida la fui tomando como mejor pude. Como su padre y yo veníamos de familias muy humildes nos fijamos un objetivo que nuestras hijas no tuvieran hambre, que no padecieran frío. Cualquier madre se preocupa por sacar adelante a sus hijos. Una vez nos tocó ir a Japón a los dos con distintas empresas, sólo coincidimos un día en Tokio y nuestra plática se trató de ellas: de cómo estaban.

«Nuestra lucha siempre fue por darles una vida mejor. Nos preocupamos y nos ocupamos para que ellas tuvieran una vida cómoda. El precio sí fue muy alto y ellas podrán contarlo, tanto para ellas como para nosotros. En la lucha a veces son las ausencias son largas, las enfermedades, de uno y otro lado, se viven en soledad. Me ayudó mi ex suegra -que en paz descanse-, la mamá de Fhisman.

«Realmente hasta que se pudo obtener el permiso para (que las mujeres) lucharan en el Distrito fue que nuestra vida cambió, pues entramos en una etapa muy grande como familia y como profesional pues pude hacer las grandes temporadas de El Toreo de Cuatro Caminos, entonces ya hubo los lugares para que yo como mujer pudiera presentar y pudiera regresar los domingos a casa. Antes solamente podía luchar en ciudades remotas y los domingos no fueron muy agradables, pero después de que se abrió la oportunidad de luchar en el Distrito pues ya eran las cenas familiares al terminar las funciones, irnos a restaurantes de comida japonesa o lo que se les antojara para poder disfrutar un poco más de ellas y en familia.»

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Paloma Nájera González es una bella mujer, carga en sus piernas a dos bellas niñas (aunque gemelas físicamente, muy distintas en su personalidad, una serena, hace que uno piense en ella, la otra inquieta, de cierta forma uno también piensa en ella). Es su turno de evocar a su madre, o mejor dicho, a su «gran campeona» como ella la define:

«Siempre recuerdo a mi mamá como campeona, siempre que la veo, la veo levantando la mano.«

Hurga en su mente, y evoca:

«Ahora que soy madre, lo veo y no me puedo separar mucho de ellas, y pienso en lo que sentía mamá. En la lejanía que vivíamos nosotros. Pero siempre tuve a Magda (su hermana), que ella es la mayor, que me cuidaba, que me ayudaba a hacer las tareas, me daba de comer. Aunque sí nos cuidaba mi abuela y otras personas Malena siempre estuvo muy al pendiente.«

 

Magda Nájera González, la hija mayor de Lola, que desde hace rato escucha a su madre y su hermana, reacciona con una sonrisa cómplice:

«Para mí también fue muy difícil, porque estaba en la adolescencia, cumplí con una responsabilidad que no me tocaba, pero el hecho de ir a una arena y ver el resultado de todo eso, ahí estaba la recompensa: ¡Esa que está ahí es mi mamá!, es la que se va conmigo a la casa, es un gran orgullo. Aunque en la escuela nadie te la compra: ‘es mi mamá’; y nadie te cree. Afortunadamente como dijo mi mamá, estuvo mi abuelita para apoyarme con las dudas, con todo.«

Toca turno a la tercera generación, Mildred, hija de Magda, nieta de Lola, solvencia aparte se parece a su mamá, limpia e independiente, habla segura: no se intimida. Cuando le cuestiono sobre su abuela, ella contesta:

«La recuerdo siempre arriba de un ring, ahora que tengo más tiempo de convivir con ella pienso que es una gran mujer. Muy orgullosa de ella y de todas las personas que están aquí. Uno poquito más de ella, porque de ahí viene mi madre»

Se le cuestiona a Lola sobre lo curioso que es ver a una familia tan llena de mujeres, Magda roba la respuesta:

«¡Aquí hay matriarcado!»

Lola ríe, y reflexiona:

«Yo creo que ellas tienen muy claro su rol de madre, si ellas vieron mi lucha por ellas, si ellas tenían una duda y yo no tenía una solución, iba y buscaba un psicólogo, una ayuda espiritual, para poder entender las etapas que ellas iban viviendo, no frenarlas con mis propios miedos. Y ahora que veo a tanta mujer aquí, ahora que la mujer esta despertando tanto, que hay hombres mas modernos que se están abriendo tanto, pues me siento muy feliz.»

Ella misma se cuestiona sobre lo que sigue:

«Y no sé qué voy a hacer… pero voy a aprender«

"Un árbol que sigue dando frutos"
«Un árbol que sigue dando frutos»

Se le cuestiona sobre el tiempo que ahora tiene para dedicarle a las nuevas generaciones. Lola piensa. Magda ataja:

«Más o menos, porque no para.»

Lola responde:

«Ahora las busco más, no siempre se puede, pues siempre estoy tratando de aportar algo. Ahora yo soy la que trato de buscarlos: que si la escuela, que si los amigos. Como con Mili que ya esta estudiando la universidad, que primeramente Dios vamos a tener una abogada en casa, pero que ya tiene el noviecito (Mildret ríe, se sonroja).

«La esperanza que me da, es que aquí tengo a estas dos chiquitas.» (Las hijas de Paloma, también voltea a ver a sus bisnietos, y recapitula):

«Tengo una esperanza muy grande con todos estos chiquitos, antes tenía miedo por todo lo que yo había vivido con mis hijas para sacarlas adelante, pero he aumentado mi fe en Dios y en un poder superior, y ha sido tal la bendición que cambié mi mentalidad, y puedo ver y vivir estás nuevas vidas con una mayor esperanza y con entusiasmo de que puedan vivir y ser útiles a la sociedad.»

 

La oportunidad se presta y se le pregunta a Mildret y a Abigail, hijas de Magda, por la etapa en que su madre fue «Reina de la lucha libre», ambas sonríen, hay orgullo en eso. No lo vivieron, pero lo saben. «Lo vimos y vivimos por fotos, pues no habíamos nacido.»

Le pedimos a Magda que nos platique un poco de esa época, ella habla:

«Fue la mejor etapa, porque me dio la oportunidad de estar pegada a mis papás. Me dieron la oportunidad de estar más cerca de ellos. Conocer más al medio, de conocer a realmente a las personas más que a los luchadores. Me abrió muchas puertas y conocí a mucha gente. Es un ambiente en el que nacimos, y me encantó.»

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Les preguntamos, primero a Magda y después a Paloma si nunca intentaron entrar a la lucha libre, Magda lo descartó: «La verdad no soy tan valiente.» Sin embargo nos enteramos que Paloma estuvo a punto de debutar:

«Hubo un tiempo en el que estuve entrenando -narra Paloma-, tuve a una gran maestra, mi madre, pero era muy exigente. Los entrenamientos eran muy difíciles. No di el ancho, lo siento de verdad, pero así es. Y mejor a otra cosa, me dediqué a estudiar.»

Es ahora, la maestra y la madre la que recuerda esos tiempos en que su hija se convirtió en su alumna:

«Paloma como era la más chica quería andar más conmigo y por eso se metió a entrenar. Es como el caso de Irma Aguilar, que se metió a luchar sólo por estar más cerca de su madre, Irma González. En ese periodo alguien me dijo: ‘¿Cual es tu rol con ellas?, ¿eres su madre?, ¿eres su jefa?, pero ¿realmente es su vocación? ¿Realmente cual es tu papel? Entonces ya no insistí, y aunque me quedé con las ganas de que llegará más, pero siento que es primordial ser su madre, que la entienda, porque como yo tuve buenos maestros, también le exigía mucho y entonces también sentía como el conflicto entre ser su madre y ser su maestra.»

Las nuevas generaciones son cuestionadas sobre el arte del pancracio, ninguna muestra interés. Es la propia Lola la que reflexiona sobre esto:

«A ninguna de mis hijas, sabiendo lo duro que es esto, me atreví a inculcarles la lucha libre. Muchas lesiones. Aunque la vida después te hace pensar que puede cambiar todo en un año, pero que no seas tú el causante.»

Lola nos pide que publiquemos un mensaje para su otra hija:

«Lamento que mi hija Adriana no quiera integrarse. La extrañamos. Nos hace falta. Pero lamentablemente se nos ha alejando como pasa en muchas familias, yo quiero que esta entrevista sirva para hacerle saber que la extrañamos, nos hace falta, y que quisiéramos que se nos integre.«

Reflexiona sobre esa niña humilde que un día llegó con muchos sueños deportivos y personales, y se ve en perspectiva, al estar rodeado de sus hijas, de sus nietas y sus bisnietos:

«Soy como un árbol, que tuvo que ser podado muchas veces, fue difícil, pero de él crecieron ramas fuertes y esas ramas siguen dando frutos. Es una verdadera bendición.»

Estamos muy agradecidos con la eterna campeona que nos abrió las puertas más que de su casa, de su alma. También muy agradecidos con toda su familia: Magda, Paloma, Mildret, Abigail, Leslie y los más pequeños.

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