«No morimos porque estemos enfermos sino porque estamos vivos»
Michel de Montaigne

Difícilmente volverá a existir alguien como él. El personaje más polémico de la lucha libre mexicana se ha ido. Antonio Peña, un ex luchador que, a pesar de contar con un gran talento en el ring, no pudo sobresalir a causa de las lesiones, pudiendo brillar sólo gracias a su astucia. Teniendo como mentor a un veterano articulista y promotor, llamado don Rafael Olivera, y mejor conocido como «El Arbitro», Peña vio crecer en su interior el gusto por los misterioso, lo mágico; algo que ya tenía desde niño, pero que supo adaptar a la lucha libre. Mejorando el personaje de El Espectro, dio vida a Kahoz, quizá el ser más enigmático en la lucha mexicana desde Murciélago Velázquez. Tras ayudar a El Arbitro en la promoción de la Astropista de Texcoco, en el Estado de México, Peña se vio enganchado por el deseo de crear. Imposibilitado para seguir luchando, consiguió trabajo en la Empresa Mexicana de Lucha Libre, donde fue Jefe de Relaciones Públicas, aunque no se limitó a sus responsabilidades, buscando aportar en otras áreas. Pronto lanzó el programa de mano oficial, con las carteleras de las arenas México, Coliseo y Revolución. Pudo tomar decisiones en la concepción de las funciones, al lado de Juan Herrera. Creó personajes como Octagón y Máscara Sagrada, además de convencer a la tradicionalista empresa que, con la llegada de la televisión, había que hacer del producto algo más comercial, apareciendo en escena las edecanes, la música, la iluminación…
En la competencia que representaba El Toreo de Cuatro Caminos, las cosas no pintaban bien, pues la modernización que había en la EMLL estaba provocando una desbandada de aficionados, antaño incondicionales de la plaza de Naucalpan. Peña seguía su marcha, y cuando la NWA dejó de funcionar como organismo, quitándole el valor a los campeonatos de pesos welter, medio y semicompleto que por décadas estuvieron en México, Peña y Humberto Elizondo idearon la creación del Consejo Mundial de Lucha Libre, para así tener títulos propios y organizar a promotores que quisieran afiliarse. Para entonces, Antonio Peña era visto como la cabeza de la promoción más antigua de México. Incluso para Televisa, él era el contacto; el hombre con el que había que hablar. Peña se había hecho de un grupo de luchadores conformado por las nuevas estrellas: Konnan, Octagón, Máscara Sagrada, Volador, Misterioso, entre otros, mientras que Juan Herrera, el programador oficial, seguía casado con las figuras de los ochentas, como Atlantis, Mogur, El Dandy, Satánico y Javier Cruz. El choque de ideas y conceptos provocó una fisura. A pesar del probado éxito del grupo de Peña en taquilla, el jefe Paco Alonso favoreció a Herrera, e hizo oídos sordos a los consejos de otros. Estaba dejando ir al artífice de su bonanza.
Era un secreto a voces la ruptura. La revista Lucha Libre aseguraba que Peña estaba en tratos con Televisa para reabrir el Pavillón Azteca, aunque el proyecto era aún más ambicioso. La EMLL, como es su costumbre, no le creyó a la prensa y se durmió en sus laureles.
En abril de 1992, la bomba estalló. Antonio Peña dejó la EMLL junto con su grupo de luchadores para fundar, con Televisa como dueña, la empresa Asistencia, Asesoría y Administración de Espectáculos, Sociedad Anónima de Capital Variable, mejor conocida por el acrónimo AAA. Con una función en Veracruz, el concepto de Peña vio continuidad. Las rivalidades de la Arena México ahora eran vistas en las principales plazas de provincia, mientras que la EMLL se quedó sin luchadores estrellas, comenzando un periodo con entradas raquíticas, el cual sólo pudo sortear gracias a que los inmuebles donde presentan el espectáculo, son propios. No tuvo la misma suerte El Toreo, pues Lucha Libre Internacional lo rentaba, y debido a que AAA absorbió a muchas de sus figuras, la compañía vio acelerada una caída que había iniciado en 1987 cuando falleció don Francisco Flores.

La historia de AAA es extraña. Desde un principio se sabía que era una empresa de autor; no exactamente una promoción de estructura compleja como la Empresa Mexicana de Lucha Libre. Si he de ser franco, jamás me gustó el estilo de Antonio Peña para presentar este deporte. Con claras influencias del promotor argentino Martín Karadagian y de Vince McMahon, la lucha de Peña era un producto diferente. Dejó de ser el deporte de contacto que era antes para transformarse de manera radical. Ahora era un mundo aparte.
En sus primeros años, Peña hizo algo impensable. Le dio apoyo a jóvenes talentosos aún cuando no contaban con gran peso y estatura. Antes de AAA, nadie inferior al 1.70 y con peso medio natural podía aspirar al estrellato. En El Toreo, los reyes eran Canek, Mil Máscaras, Dos Caras, Enrique Vera, Fishman y otros elementos de por lo menos 90 kilos, mientras que Hijo del Santo y Negro Casas tenían suerte si eran programados en la primera o segunda lucha.
Peña puso en sitios estelares a Rey Misterio Jr., Juventud Guerrera, Psicosis, Winners y otros elementos que cambiaron el estilo de lucha mexicana para siempre. Atrás quedaron las luchas de fuerza y llaveo; ahora la base era la espectacularidad, misma que se transportó a los Estados Unidos con el PPV «When Worlds Collide», organizado en conjunto con IWC y WCW, y más tarde se instituyó cuando los elementos de AAA que comandaba Konnan recibieron contratos con ECW y con WCW. Sin Antonio Peña y su audacia al apoyar a luchadores de poco peso, Rey Misterio no estaría hoy en WWE, y Místico seguiría siendo preliminarista en arenas de la periferia.
El pináculo de AAA fue con la rivalidad entre Konnan y Cien Caras. Se organizó en 1993 la primera Triplemanía en la Plaza de Toros México, logrando la función con mayor número de aficionados en la historia de lucha libre mexicana. Tres años después, Peña tuvo problemas con Konnan, quien dejó la empresa junto con varias de las estrellas, que se incorporaron a Promo Azteca y WCW. A partir de ese momento, comienza una nueva etapa en AAA. Peña tuvo que crear a nuevas figuras, nuevos conceptos. El estilo se modificó, de tal manera que la fuerza estaba en lo que anteriormente dijimos: entrar en una función de AAA era entrar en un mundo distinto, una realidad alterna. Además, después de la crisis de 1995, Televisa liquidó a la empresa, y Peña formó una nueva promoción de la que era, ahora sí, el propietario: Promociones Antonio Peña, S.A. (PAPSA), aunque siguió usando el nombre de AAA, que hasta la fecha es marca registrada de Televisa.
En lo personal, fui uno de los mayores críticos de AAA cuando comencé a escribir para Súper Luchas en 1998, pero con el tiempo comprendí que no se podía pesar en la misma balanza a AAA y el CMLL, ni tampoco a la lucha mexicana junto con la japonesa, ni la japonesa con la americana. La lucha libre a nivel mundial, es un mosaico de estilos, de maneras de interpretar un deporte que embruja, que puede ser serio o no. Que puede ser tan real como uno lo quiera ver. Es por eso que en la actual etapa de Súper Luchas, se habla de cada empresa en relación a la seriedad que ellas mismas muestren. No se pueden usar los mismos lineamientos para calificar una función del CMLL que una de AAA.
El mundo de AAA, sin embargo, se convirtió en el mundo personal de Antonio Peña. Como dije líneas arriba, AAA devino en empresa de autor. Peña adquirió un compromiso enorme, siendo él, cerebro y ejecutor de sus designios. Sus hombres de confianza no pasaban de ser personajes secundarios, sin importancia en la trama. Peña se convirtió en la antítesis de Maquiavelo, en el factotum de su imperio, sin lacayos meritorios ni sucesores dignos.
En 54 años, Antonio Peña vivió todo. Gozó los triunfos, sufrió las derrotas, pero siempre a su manera. Como dijo Epicuro: «Así como el sabio no escoge los alimentos más abundantes, sino los más sabrosos, tampoco ambiciona la vida más prolongada, sino la más intensa».
Ya en la entrevista que Manuel Flores le hizo en junio pasado, Peña declaraba: «Lo que en un principio fue un sueño, ahora son catorce años de AAA, con programas de TV constantes y un rating que se le agradece al público. Nos hemos mantenido pese a la desbandada que hubo hace tiempo. Se le echaron tantas ganas que pienso que puedo descansar en paz, y esto va a seguir» (Súper Luchas #165).
¿Lo presentía? ¿Sabía que su camino estaba por terminar?
Quizá.
Ya lo había hecho todo. Y cuando todo está hecho, termina el deseo, la ilusión.
Pasaron meses de enfermedades y depresión en los que Antonio Peña se desligó un poco de AAA, mientras en la empresa se mantenía un fuerte hermetismo. Todos sabían que careciendo de cabeza, la gallina correría sin control, perdiendo sangre hasta morir. La información vertida a la prensa era ambigua. Joaquín Roldán, cuñado de Peña y director de AAA, declaró a la revista El último gladiador que el jefe se encontraba en Centroamérica.
Los rumores seguían, y estos incluían los planes de sucesión al interior de AAA (con su sobrino Dorian Roldán como el nuevo dirigente), o que Peña tenía una enfermedad terminal, como cáncer o sida, lo cual fue falso.
Peña vivió una vida plena, pero todo tiene su precio, y la factura llegó. Tras pasar por varios hospitales, sufrió un derrame cerebral que lo condujo a un estado de coma en el que se mantuvo por espacio de nueve días, al término de los cuáles, fue víctima de un infarto masivo, siendo declarado muerto a las 20:45 hrs. del jueves 5 de octubre, en el Hospital ABC de la Ciudad de México.

¿Qué sigue ahora para AAA? ¿Qué pasará con una empresa que era sinónimo de Antonio Peña? Podemos hacer muchas especulaciones, pero no nos queda más que esperar a ver en qué se convierte el sueño de una persona que supo ser inteligente y transformar (para bien o para mal) a la lucha libre en México, influyendo de paso a este espectáculo en el resto del mundo.
Descanse en paz Antonio Peña.

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