Dinastía

Corriste, rebotaste en las cuerdas y diste el salto. Subiste hasta la segunda cuerda —la tercera aún era demasiado—y en el aire olvidaste tu humanidad, extendiste ese par de alas sin plumas para luego caer hecho felino. Bien, muy bien. “El miedo déjalo abajo del ring. Recógelo cuando te bajes”. Sí, eso me lo dijo mi padre, tu abuelito, qué bien te acuerdas.

Sacaste mi memoria y mis movimientos. Además tienes toda la vida por delante, sin duda heredarás mi máscara, serás el tercero en la dinastía. Claro que sí, jamás lo dudes. Esa vez fue sólo un error, a cualquiera le pasa. A mí también me pasó. Por eso hay que saber caer, porque siempre caes. Pero de ahora en adelante no te va a pasar nada, porque yo te cuido.

Los doctores no saben, por eso dicen que acceda a que te desconecten, porque ya son dos años así; según ellos ya no hay esperanza. Pero ellos no saben, yo sé que quieres la máscara, por eso te sacudes, por eso parpadeas.

Ellos no saben. No sólo son reflejos. No sólo son reflejos.

 

Entre cuatro esquinas, Aldo Rosales Velázquez. Fondo editorial Tierra Adentro, CONACULTA.

Entre Cuatro Esquinas

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