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Antes de levantarse miró sus rodillas. Sobre ambas había una cruz de cicatrices, dos líneas de carne abultada que se cruzaban.

Sí, parecía una cruz, como si ya sus rodillas estuviesen muertas desde mucho antes que él, y ya hasta las hubieran enterrado. Murieron en la plancha del quirófano. Aunque le dijeron que la operación había sido un éxito, sus rodillas nunca despertaron de aquella operación. Sólo él despertó, o mejor dicho, lo que quedaba de él.

Se puso las mallas. Comenzó a calentar lentamente, como si ya en sus músculos no hubiera memoria de todo lo que había sido. Su cuerpo crujía dolorosamente, como una ciudad abandonada, como un barco sin destino cruje en medio de las olas sin perdón. Él, sin darse cuenta, había naufragado en el tiempo, en el olvido, en la vida. Siempre todo había sido un naufragio, y hasta ahora se daba cuenta.

Se vendó las muñecas tan fuerte como pudo. Bajo las vendas, sus venas palpitaban en queja, querían romper la presa que contenía su sangre; la sangre es a veces lo último que pierde los bríos en alguien. Comenzó a calentar el cuello y fue ahí cuando apareció la vieja lesión en las cervicales: un dolor pequeñito, agudo, incisivo, como cuando de niño se espinaba la boca con el pescado barato que su madre compraba.

Se acercó a la maleta y tomó unas pastillas. Se echó un par a la boca y luego caminó hacia el lavabo: no había agua. Tragó las pastillas en seco.

Se quitó la playera frente al espejo: su pecho se había derrumbado bajo el peso metódico del tiempo. Ahora ya no era la muralla sudorosa que siempre fue, ahora tan sólo era un deslave de carne y anhelos. Apretó los músculos, pero su aspecto seguía siendo el mismo. Encendió un cigarro, se tragó el humo; un par de luchadores jóvenes lo miraron con asombro, pero él ni siquiera volteó a mirarlos: se estaba untando el pecho y las rodillas con una pomada que olía a bosque viejo, a ritual de día de muertos. Sintió cómo aquella pasta iba entrando en sus músculos y calentaba los tejidos viejos. La sangre en sus muñecas seguía agolpándose bajo el peso tirano de las vendas, pero era menos doloroso el grito de la sangre que el grito de los huesos.

Un par de luchadores entraron en ese momento a los vestidores; venían comentando cómo estuvo aquello. Era su turno entonces. Se colocó la máscara y se persignó sólo por costumbre: también Dios se le había muerto en esa plancha de quirófano.

Subió al ring por una de las esquinas y entró de bandera. Las tablas se quejaron bajo su peso. En sus tiempos había sido un buen peso completo. Ahora, ya después que los minutos se lo habían tragado como pequeñas pirañas invisibles, apenas si pasaba por peso medio.

Saludó a las cuatro esquinas luego de que el anunciador dio mal su nombre. En otros tiempos se hubiera rehusado a saludar debido a tal error, o hubiera gritado su verdadero nombre; ahora sólo le importaba terminar aquello. La gente en las tribunas no le prestó atención. Luego subió su rival, un joven musculoso que usaba calzoncillo; a él la gente sí lo ovacionó, aunque medianamente.

La musculatura de aquel luchador le hizo recordar a su amigo Alfonso Dantés: por algo le llamaban El Tanque. Él, él siempre fue un luchador grande, pero nunca musculoso como Dantés. Su fuerza venía de un lugar debajo de los músculos.

Caminó hacia el centro del ring cuando dio inicio la primera caída. Hizo toma de réferi, pero aquel joven y musculoso luchador no supo tomarlo de la misma manera. Entonces, para no deslucir y dejar en vergüenza a aquel joven, cambió de toma de réferi a un rápido cuatro al brazo. El sonido de las tablas, al recibir el cuerpo del joven, fue duro: algunos aplaudieron. El muchacho logró levantarse luego de un par de intentos y luego que él aflojó un poco el agarre. Pensó que en sus tiempos, y con alguien de llaveo duro, aquel muchacho se hubiera lastimado solo.

Siguieron marcando los movimientos, con una lentitud que desesperó al público. Los abucheos parecieron surtir efecto, y el joven se arrojó con más ganas, pero aún menos técnica; en muchas ocasiones las llaves las tuvo que cerrar él mismo en lugar del luchador joven, metiendo más el cuello entre los brazos de aquél o dejándose caer con más facilidad. La primera caída se la llevó aquel joven con un toque de espaldas que ni siquiera supo bien cómo cerrar.

En la segunda caída, él, el más viejo, hizo una entrada baja hacia el tobillo, con la que llevó al piso al joven. Notó la sorpresa de aquél, y pensó que, como le había dicho un amigo suyo alguna vez, a los jóvenes de ahora ya no les enseñaban lo mismo de lucha olímpica y grecorromana; en ocasiones ni siquiera les enseñaban. Cuando lo tuvo en el piso, realizó un movimiento sencillo con el que llevó al muchacho a toque de espaldas; lo rompió él mismo cuando notó que su rival estaba a punto de recibir la tercera palmada en la lona. Allá en la tribunas, entre los chiflidos y los abucheos, se coló, como el agua entre el concreto, un aplauso seco y poco duradero; alguien aún sabía de buena lucha libre y le había aplaudido aquel movimiento. Eso lo hizo sentirse un poco mejor.

Se dejó llevar al piso luego de una larguísima e innecesaria ronda de golpes en el pecho por parte del muchacho. Mientras los recibía, sin embargo, le agradeció secretamente que lo golpeara así; recordó que uno de sus compañeros de entrenamiento, Negro Herrera, decía que eran caricias al corazón. Escuchó las tres palmadas mientras trataba de recordar qué había sido del Negro Herrera, quien siempre tuvo tan buen llaveo.

Abrazó a su rival luego que el réferi señaló quién era el vencedor. La gente abucheaba. Antes de bajar del ring, una moneda lo golpeó en el pecho. Cuando volteó para ver de dónde venía, otra moneda, y una más, llovieron a sus pies; un hombre viejo, más viejo que él, le arrojaba monedas desde una butaca. Cuando acabó de arrojarlas, comenzó a aplaudir lentamente. “Mucho. Sigues teniendo esa buena lucha a ras de lona. Mucho”, creyó leer en los labios de aquel hombre, pero nunca supo si eso pensó en realidad. Se sintió bien de pensar que tal vez aquel hombre también lo había visto en sus mejores tiempos, cuando le espalda aún le servía, tanto como para tirar un suplex en cada lucha; cuando las rodillas no eran rocas filosas en las piernas, cuando de verdad se luchaba, cuando se dejaba todo en el ring, cuando las cuerdas eran para que el rival no se escapara y no para jugar con ellas.

Entró al vestidor y se quitó la máscara. El joven con el que había luchado entró justo detrás de él; lo saludó y le agradeció el encuentro. Él sólo pensó que aquel joven debería pasar más horas arriba del ring y no tantas en el gimnasio haciendo fierros; no dijo nada, sólo le sonrió y luego encendió otro cigarrillo. Salió luego de bañarse con agua fría y recibir su pago; lo tendría que administrar muy bien: cada vez le daban menos luchas, y la situación en la fábrica no tenía para cuándo resolverse. Guardó los billetes en el pantalón; las monedas que le había dado el hombre se las guardó en la bolsa de la camisa, junto al corazón.

Caminó de regreso a casa. En el camino recordó qué había sido del Negro Herrera. Se había puesto otro nombre al debutar como profesional, algo que tenía que ver con negro: Espada Negra, Rayo Negro; no recordaba bien. Luego, en un viaje hacia Monterrey, el carro donde viajaba, con otros tres luchadores, se volcó. El Negro estuvo un par de meses en el hospital, luego había muerto. Recordó que los doctores lo hallaron boca abajo, no supieron por qué. “Un luchador nunca deja la espalda contra la lona, mucho menos si siente que se va a morir”, se dijo en voz baja, recordando lo que su maestro les dijo siempre; al parecer, Negro Herrera aprendió bien su lección, pero qué iban a saber los doctores.

Se persignó al pasar frente a la iglesia. Luego, al pasar junto a una fuente, aventó una de las monedas que traía en la camisa; pidió que todo estuviera bien para su amigo, y para todos los que ya no estaban. También pidió que se resolviera todo en la fábrica.

Llegó a su casa y comió sopa fría del día anterior. Dejó el plato en el lavadero, pero no lo lavó. Durmió un par de horas. Despertó aún cansado. Se rasuró y se cambió la camisa. Salió cuando las noticias en la radio daban las siete de la mañana. Siempre dejaba la radio encendida, para que cuando volviera, las voces, aunque sin vida, ya hubiesen inundado el cuarto; nunca soportó el silencio, menos el que dura tanto.

Caminó hacia la fábrica. Desde la esquina pudo ver a sus compañeros, sentados junto a la entrada principal bajo la manta roja y negra que ya casi se deslavaba por completo. Lo saludaron cuando lo vieron. Llegó, y antes siquiera de sentarse, tomó el pequeño bote igualmente forrado en rojo y negro; depositó una de las monedas que le habían dado el día anterior. Caminó hacia la calle, se colocó en medio de los dos carriles y comenzó a hacer señas a los carros que pasaban por ahí. Uno de ellos se detuvo. El conductor bajó la ventanilla y, luego de poner algunas monedas en el bote, preguntó.
—Y ustedes, ¿por qué luchan?
Antes de que pudiera contestar, uno de sus compañeros gritó desde la entrada de la fábrica, “Por nuestros derechos laborales; porque se respete nuestro contrato y porque se restituya a los compañeros despedidos”. Lo decía de memoria, sin interrupciones. El hombre en el auto les deseó suerte, “no se rindan”. Arrancó.

El sol pegaba desde arriba, con estocadas verticales. No se iban a rendir. Él, por lo menos, era de los de antes, de los que se dejan romper un hueso antes de rendirse. Las rodillas le punzaban por la lucha del día anterior, pero se aguantó, ya estaba acostumbrado.

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