El siguiente texto del maestro Fernando Gómez Arias (†) fue publicado en SÚPER LUCHAS #44 (2 de febrero de 2004), con motivo del vigésimo aniversario luctuoso de Santo, el Enmascarado de Plata, la más grande leyenda que ha tenido la lucha libre mexicana. 

Primera Caída

Por FERNANDO GÓMEZ ARIAS

En el 5 de febrero se cumple un año más de la desaparición física de Rodolfo Guzmán, conocido universalmente como Santo. Gladiador –y tanto como gladiador, personaje de inmensa popularidad en México y en otras partes del mundo—, Santo no ha muerto en el corazón de muchos de sus seguidores.

Estos podrían dividirse en varias especies. Los que por su edad le vieron en acción en los cuadriláteros y fueron testigos de cómo el humilde y desconocido luchador de Tulancingo, Hidalgo, llegó a la capital del país para convertirse, a través de un difícil camino de esfuerzo y carácter, en uno de los mejores gladiadores de México.

La lucha libre ganó con la presencia de Santo tanto como había ganado con la aparición de tantos otros héroes del principio del espléndido deporte espectáculo, tales como el Yaqui Joe, Tarzán López, Firpo Segura, el Charro Aguayo, etcétera.

El aniversario del fallecimiento del memorable luchador, marca, pues, un hito de gran relevancia en la historia de nuestra lucha libre. Su magnífico tránsito por el deporte no se olvida. Menos aún, cuando a lo que realizó en el ring –convirtiéndose de rudo terrible e incontenible a luchador de limpia y acendrada técnica, adalid de las buenas causas en el cuadrilátero, héroe de muchísimas batallas y hasta Campeón Nacional, primero, y después Campeón del Mundo en el peso medio—se le debe añadir su pronta aparición en otros campos.

Cuando se hizo incontenible su presencia en el ring, cuando creció su personalidad y se convirtió en ídolo de multitudes, trascendió en otros terrenos. Fue el primero el de los cómics en los que imperan absolutos los grandes héroes. El Santo, en la idea original de José G. Cruz, fue mucho más que un Supermán o cualquiera de las figuras surgidas de la imaginación de los autores norteamericanos, fuera éste el Hombre de Hierro o Tarzán de los Monos.

El Santo

Después, la cinematografía, ávida de personajes legendarios, llevó a la pantalla las proezas del luchador que va más allá de sus quehaceres deportivos para convertirse en defensor de todas las causas nobles que hay sobre la tierra.

Las películas de Santo, que todavía hoy se ven en las pantallas chicas, tuvieron un enorme recorrido por las salas cinematográficas del mundo. En Francia, críticos solventes se refirieron a Santo en un estudio a fondo sobre las resonancias filosóficas, éticas y decididamente espectaculares de este personaje surgido del ring para encarnar, posteriormente, al héroe de épicos episodios.

Y hoy Santo sigue ocupando un sitio trascendental entre los diez personajes más populares del México moderno. Así lo señalan varias encuestas realizadas al efecto.

Y, no olvidemos, hoy se vive la época de los censos y consensos, en los que aparece siempre Santo como uno de los personajes que sobrevive a los tiempos y a las eras.

Pero más allá de todo lo que representa Santo en el mundo de lo mítico y legendario, hay otro fenómeno que también merece estudio. Sigue siendo, y esto no es sino la consecuencia de su celebridad y popularidad, un fenómeno económico y financiero. Sus filmes siguen explotándose. Su personaje en el ring fue tomado por el menor de sus hijos, quien consideró que estaba a su alcance lograr una continuidad. ¿Lo ha logrado? Eso que lo diga el público.

Nosotros nos concretamos a dilucidar el cambio de fondo de las faenas de los hombres. Que lo que antes se hacía por generosa entrega integral –la vocación del héroe deportivo y del espectáculo—hoy se hace por intereses menos nobles. Que a veces estos intereses dividen a los hombres y hasta a las familias, lo que no deja de ser muy triste. Lo que nos hace reflexionar en una verdad rotunda: el destino, a veces la suerte, hacen al héroe, en complicidad con las virtudes cardinales del presunto hacedor de proezas, al ser capaz de influir con su presencia, al que tiene los poderes de ennoblecer la vida y darle un carácter épico saludable.

Santo Francisco Flores
Santo y el promotor Francisco Flores en los vestidores del Palacio de los Deportes (22 de agosto de 1982).

Los griegos, que no tenían palabra para designar a la persona y a la conciencia, fundamentos del nuevo orden, disponían, en cambio, de un conjunto de conceptos precisos para designar la fortuna (týkhé), la parte destinada a cada cual por el destino (moira), el momento favorable (kairos), es decir, la ocasión que, estando inscrita en el orden inmutable e irreversible de las cosas, y precisamente porque forma parte de él, no se reproduce.

El nacimiento constituye entonces algo así como el billete de una lotería universal y obligatoria, que asigna a cada quien una suma de dones y de privilegios. De éstos, unos son innatos y los otros sociales.

Semejante concepción a veces es más explícita; en todo caso, está más difundida de lo que se piensa.

Entre los indios de la América Central, cristianizados, sin embargo, desde hace varios siglos, se admite que cada cual nace con una suerte personal. Ésta determina el carácter de cada individuo, sus talentos, sus habilidades, su categoría social, su profesión y, finalmente, su destino. Es decir, su predestinación al éxito y al fracaso, su aptitud a aprovechar la ocasión.

En el caso concreto de Santo, su destino estaba determinado en el gran libro de la vida. Pero él tuvo que contribuir a su éxito con sus dones personales, con la fuerza de su carácter forjado por sí mismo a través de los años pobres de la infancia, de la adolescencia y de los primeros pasos en la lucha libre. Lo demás, hasta su exaltación como personaje principalísimo de la lucha libre y del espectáculo en general, fue la consecuencia de su propia capacidad para agarrar las oportunidades al vuelo, a su afán de perfeccionamiento y, desde luego, a su suerte para dar siempre en el clavo».

 

¿Quién fue más grande, Santo o Hulk Hogan? Dave Meltzer responde

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